
Por Gonzalo Ramírez Lepeley
“Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema.”
Gálatas 1:6-9
En el artículo anterior hablamos de nuestro espíritu sectario, de cómo muchas veces hemos hecho de nuestras diferencias secundarias verdaderos muros de separación, olvidando que el centro de nuestra fe es Cristo. Sin embargo, quiero que quede claro que la Biblia también nos manda a discernir y separar lo verdadero de lo falso, lo que proviene del Evangelio de Cristo y lo que es “otro evangelio”.
No toda diferencia es un simple asunto de interpretación. No todo lo que se presenta como “evangélico” es cristiano. No toda predicación que cita la Biblia está inspirada por el Espíritu Santo. Y aunque no podemos caer en sectarismos carnales, tampoco podemos caer en un ecumenismo superficial que no distingue la verdad del error.
La unidad que Cristo demanda no es una unidad a cualquier precio. Es una unidad en la verdad. La Escritura es clara: el verdadero Evangelio es uno solo, y todo “evangelio diferente” es maldición (anatema).
En esta segunda parte, también tengo cuatro cosas para compartir.
1. Fundamentos innegociables: el núcleo de la fe cristiana
Aunque existan diferencias legítimas en formas de gobierno de la iglesia, prácticas litúrgicas, métodos de adoración o posiciones escatológicas, la fe cristiana tiene un núcleo doctrinal que no podemos negociar.
En este núcleo encontramos verdades que no son “opinables”:
- La Trinidad: Un solo Dios en tres Personas — Padre, Hijo y Espíritu Santo — coeternos, coiguales y consustanciales.
- La encarnación del Hijo de Dios: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido de la virgen María.
- La justificación por la fe: Somos declarados justos delante de Dios únicamente por la fe en Cristo, aparte de las obras de la ley.
- La muerte y resurrección corporal de Jesús: Un hecho histórico, real y central para nuestra salvación.
- La segunda venida de Cristo: Futura, personal, visible y gloriosa.
- La autoridad y suficiencia de las Escrituras: La Biblia es la Palabra inspirada de Dios, la única regla infalible de fe y práctica.
Negar alguna de estas verdades no es simplemente “pensar distinto”, es abandonar la fe cristiana. Isaías 8:20: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.”
Por eso, movimientos como el modalismo (que niega la Trinidad), el unicitarismo “Solo Jesús”, o los judaizantes modernos (que quieren imponer las leyes ceremoniales de Israel como requisito de salvación) no representan el Evangelio verdadero, aunque utilicen lenguaje evangélico. Su mensaje es otro, y la Biblia es clara: otro evangelio no es evangelio.
Defender estos fundamentos no es sectarismo, es obediencia. El amor verdadero no diluye la verdad, sino que la afirma con gracia y firmeza.
2. El “evangelio” de la prosperidad: un dios a la medida del bolsillo
Pablo advirtió a Timoteo que llegaría un tiempo en que los hombres “no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3). Ese tiempo ya llegó, y uno de los ejemplos más claros es el mal llamado “evangelio de la prosperidad”.
Este mensaje se presenta como cristiano, pero en el fondo es utilitarismo religioso: usar a Dios como un medio para obtener salud, dinero, éxito, bienestar o estatus. Su promesa es que si tienes suficiente fe —o das suficiente dinero— recibirás las bendiciones que deseas.
El problema es que en este sistema, el objeto de adoración no es Dios, sino el “algo” que queremos conseguir. Dios se convierte en el cajero automático del cielo. El trono lo ocupa nuestro sueño, no el Señor de gloria.
Pero el verdadero Dios no es un medio para alcanzar otro fin. Él es el fin. El Evangelio no nos promete que obtendremos todo lo que queremos, sino que en Cristo tenemos todo lo que necesitamos para la vida y la piedad (2 Pedro 1:3).
Algo que merece nuestra atención es que en el último tiempo este mensaje de prosperidad material ha mutado. Ya no siempre se presenta como “más plata y más cosas”, sino como prosperidad emocional. La promesa ya no es “serás rico”, sino “serás feliz y siempre te sentirás bien”. Predicadores ahora prometen paz interior, autoestima elevada y libertad de toda angustia emocional como derechos divinos, usando versos como Filipenses 4:7 sin contexto. Esto lleva a un evangelio terapéutico donde el pecado se redefine como «heridas emocionales» y la santificación como autoayuda. Muchos que llegan atraídos por tales promesas, caen en desilusión cuando la vida real —con sus altos y bajos— choca contra esta ilusión. El verdadero Evangelio ofrece gozo en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-5), no su eliminación.
3. Humanismo espiritual: el evangelio centrado en el hombre
En muchos púlpitos ya no se predica al Dios soberano, santo y glorioso de las Escrituras. Se predica a un “dios” adaptado a nuestras necesidades y gustos. Un “dios” hecho a la medida del consumidor.
Es un evangelio antropocéntrico: el hombre es el centro, Dios es un medio para mi autorrealización. La adoración se mide por cuán emocionado me sentí, no por cuán exaltado fue Cristo. El culto se convierte en una experiencia sensorial, donde lo más importante es “lo que yo viví” y no lo que Dios ha dicho.
En esta teología distorsionada:
- Dios está prácticamente a nuestro servicio.
- El pecado deja de ser ofensa contra un Dios santo, y se redefine como “cosas que nos hacen sentir mal”.
- El evangelio se convierte en un discurso motivacional.
- La cruz deja de ser el lugar de la expiación y se transforma en un símbolo de superación personal.
En su forma más peligrosa, este humanismo espiritual no solo distorsiona el carácter de Dios, sino que sustituye el Evangelio por una terapia emocional.
Pero el verdadero Evangelio no se centra en el bienestar del hombre, sino en la gloria de Dios y en la salvación de pecadores. Y eso implica confrontar nuestro pecado, llamar al arrepentimiento y someter nuestras vidas a la voluntad del Señor.
4. Liberalismo teológico: la serpiente sigue preguntando “¿Conque Dios os ha dicho?”
Aunque ya hablamos de la autoridad y suficiencia de las Escrituras, es necesario abordar un peligro que avanza sutilmente en medio de iglesias evangélicas: el liberalismo teológico.
Este no siempre llega con el nombre “liberalismo”. A veces se disfraza de “nuevas hermenéuticas”, “lectura contextual” o “reinterpretación contemporánea”. Pero el patrón es siempre el mismo: se empieza cuestionando un pasaje, luego un libro, luego un evento bíblico… hasta terminar con un evangelio completamente diferente.
En sus formas más visibles, el liberalismo:
- Niega la historicidad de eventos bíblicos clave, como el nacimiento virginal, los milagros de Jesús o la resurrección.
- Separa al “Jesús histórico” del “Jesús de la fe”, reduciendo al Hijo de Dios a un maestro moral.
- Redefine el diseño de Dios para el hombre y la mujer, la sexualidad y la familia, adaptándolo a las demandas culturales.
- Cuestiona la inspiración y autoridad de las Escrituras, sometiéndolas al juicio humano.
En otras palabras, repite la pregunta antigua de la serpiente: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3:1).
El problema es que cuando se pierde la autoridad de la Palabra, se pierde el Evangelio. Si la Biblia deja de ser nuestra norma, cada uno se convierte en su propio juez, y terminamos con un cristianismo a la carta, hecho para agradar a la cultura y no a Cristo.
Conclusión: Unidad en la verdad
En el artículo anterior señalamos que no debemos ser sectarios por diferencias secundarias. Pero en este, afirmamos con la misma fuerza que la doctrina sí importa. La unidad que Cristo demanda es una unidad en torno a la verdad, no a costa de la verdad.
No podemos sacrificar el Evangelio en el altar de la tolerancia mal entendida. No podemos llamar “hermanos” a quienes niegan los fundamentos mismos de la fe cristiana. No podemos confundir el amor con el silencio frente al error.
Sí, debemos luchar contra el espíritu sectario. Sí, debemos amar a nuestros hermanos aunque piensen distinto en asuntos no esenciales. Pero también debemos levantar la voz para decir, como Judas exhorta: “contended ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3).
Que Dios nos conceda discernimiento para diferenciar lo que es simplemente distinto, de lo que es falso. Y que nos dé la valentía para defender el Evangelio de Cristo, sin arrogancia, pero con fidelidad.
Dios nos ayude.

