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¿Hemos Avanzado Realmente? Un llamado a vencer el espíritu sectario en la iglesia

Por Gonzalo Ramírez Lepeley

8 de agosto de 2025

Hace unos días, leyendo el Facebook de un querido hermano en la fe, me encontré con un escrito muy directo sobre lo sectario que podemos ser. Le dije que al leerlo me había animado a escribir algo. Bueno pues, acá está.

El espíritu sectario no es un problema ajeno a nosotros. No es algo que solo se ve «allá afuera», en otras iglesias, en otras denominaciones, en otras teologías. El espíritu sectario vive, respira, y lamentablemente crece entre nosotros los cristianos. Lo he visto entre pastores, lo he visto en redes sociales, lo he sentido en conversaciones donde se esperaba gracia y se encontró burla, sarcasmo o una defensa fanática de “la verdad”, que al final termina siendo la defensa de una postura, no del Evangelio.

Yo también lucho contra este espíritu sectario. No escribo desde una torre de perfección, sino desde una lucha personal. A veces he caído en el error de hablar más desde mi trinchera que desde el amor de Cristo. Este artículo nace desde esa inquietud, desde la necesidad de mirar hacia adentro y preguntarnos honestamente: ¿hemos avanzado realmente como iglesia? ¿Estamos creciendo en amor, en gracia, en unidad, o simplemente nos estamos volviendo más sofisticados en nuestras divisiones?

Tengo cuatro puntos y una sencilla reflexión final.

Cuando la doctrina se convierte en ídolo

Sí, es posible idolatrar una doctrina. Suena fuerte, pero es cierto. A veces defendemos con tanto celo una postura teológica, una interpretación escatológica o una tradición denominacional, que sin darnos cuenta estamos diciendo con nuestras actitudes: “quien no cree esto, no tiene al Espíritu Santo”.

Arminianos versus calvinistas. Reformados versus pentecostales. Posmilenialistas versus amilenialistas. Cualquiera que no cree en el rapto secreto es tratado casi como un hereje moderno. Y así vamos… atacando, despreciando, encerrándonos en trincheras de certezas.

Lo más triste es que esto no solo ocurre entre creyentes nuevos o inmaduros. Lo he visto en personas que llevan décadas en la fe, que conocen griego, hebreo y latín, que han leído a Calvino, Wesley, Edwards, Owen, Spurgeon… y aún así actúan con un espíritu de fariseísmo disfrazado de erudición.

No estamos diciendo que no haya que confrontar el error ni denunciar la herejía. Ser fieles a la Palabra implica velar por la sana doctrina. Pero el problema comienza cuando confundimos nuestra postura con el Evangelio mismo. Cuando ya no defendemos a Cristo, sino a nuestra interpretación particular, como si fuera infalible. Cuando ya no hay espacio para el hermano débil, para el que piensa distinto, para el que está creciendo aún en su comprensión de la fe.

La falta de amor como evidencia de inmadurez

Una fe sin amor no es cristianismo. Es ideología.

Pablo fue claro: “Si no tengo amor, nada soy” (1 Corintios 13:2). No importa cuánta teología domines, cuántos libros hayas leído, o cuán aguda sea tu crítica. Si no hay amor en tus palabras, si no hay compasión en tus correcciones, si no hay humildad en tu defensa de la verdad… entonces no estás representando a Cristo, sino a ti mismo.

¿Qué dice de nosotros el hecho de que muchas veces nuestros comentarios públicos —incluso en redes sociales— están llenos de ironía, desprecio o autosuficiencia espiritual? ¿Dónde quedó la mansedumbre, la paciencia, el gozo por la verdad? Parecemos más una mesa de debate que una familia espiritual.

Y sería menos grave si esto viniera del mundo. Pero viene de nosotros. ¿Y qué testimonio estamos dando?

La verdad, dicha sin amor, deja de ser verdad en su forma cristiana. No podemos predicar el Evangelio de la gracia con un tono de desprecio. No podemos hablar del perdón mientras escribimos con amargura. No podemos hablar de humildad mientras nos presentamos como los únicos que “tienen la sana doctrina”.

¿Unidad en Cristo o unidad en la trinchera?

Cristo oró por la unidad de su iglesia (Juan 17). No por uniformidad, ni por unanimidad doctrinal, sino por una unidad profunda, espiritual, nacida del amor, del reconocimiento mutuo como hermanos en Cristo, del Espíritu obrando en medio de la diversidad.

Pero hoy, muchos creyentes viven en trincheras. Trincheras teológicas, denominacionales, e incluso políticas. Nos sentimos más cómodos entre “los que piensan como yo” y miramos con sospecha o desprecio a los que no comparten nuestras convicciones secundarias.

Hay pentecostales que desprecian a los reformados. Reformados que se burlan de los pentecostales. Pentecostales reformados que se creen superiores a ambos. Y en medio de todo eso, Cristo parece ser el menos considerado.

¿Qué nos pasó? ¿Dónde quedó el gozo de sabernos uno en Cristo, a pesar de nuestras diferencias? ¿Dónde quedó la humildad de decir “no lo sé todo”? ¿Dónde quedó el respeto por el hermano redimido por la misma sangre que nosotros?

No se trata de borrar las diferencias, pero sí de dejar de adorarlas. No se trata de diluir la verdad, sino de vivirla con humildad. El hermano que no cree lo mismo que tú no es tu enemigo. Si cree en Cristo como Señor y Salvador, es parte del mismo Cuerpo. Trátalo como tal.

El Evangelio también se vive en las redes sociales

Este punto es especialmente necesario.

Las redes sociales se han convertido en un campo fértil para que se manifieste el espíritu sectario. Lo he visto. Lo he hecho. Lo confieso con tristeza. Basta con que alguien publique una opinión diferente sobre algún punto doctrinal para que empiecen los comentarios cargados de burla, desprecio, soberbia.

He leído publicaciones que tratan de corregir, pero terminan hiriendo. He escrito cosas que no edificaban, aunque eran “doctrinalmente correctas”. Y he tenido que arrepentirme.

Hermanos: el Evangelio también se vive en nuestras redes sociales. En nuestros comentarios, en nuestros estados, en nuestras respuestas.

Tus palabras son leídas por creyentes débiles, por nuevos convertidos, por incrédulos. ¿Qué testimonio estás dando? ¿El de alguien que ama a Dios y a su prójimo, o el de alguien que solo quiere tener la razón?

Antes de escribir, ora. Antes de publicar, examina tu corazón. Antes de responder, pregúntate si estás construyendo o destruyendo. La doctrina debe ser acompañada de gracia, y la verdad siempre debe viajar en el vehículo del amor.

Volvamos al centro

Queridos hermanos, no estamos llamados a ser una iglesia que se devora a sí misma, sino una familia espiritual que crece junta en el amor de Cristo. La verdad es importante, sí. La fidelidad doctrinal es fundamental, sí. Pero sin amor, todo eso se vuelve un ruido hueco.

El centro de nuestra fe no es el calvinismo, ni el arminianismo, ni el continuismo, ni el cesacionismo. El centro es Cristo. Es Él quien murió, resucitó y vendrá otra vez. Él es nuestro Pastor, nuestro Redentor, nuestro Señor. No nuestras posturas.

Yo también lucho con esto. Y me duele. Porque a veces siento que no hemos avanzado mucho. Que seguimos dividiendo más de lo que unimos. Pero tengo esperanza. La obra es del Señor. Y Él no ha terminado con nosotros.

Volvamos al Evangelio. No solo con la mente, sino con el corazón. No solo en los púlpitos, sino en las conversaciones. No solo en el culto, sino en el trato diario con nuestros hermanos. Y sí, también en las redes sociales.

Y que todo lo que hagamos, sea para la gloria de Dios. 

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