Un hojalatero, un pantano y una conciencia herida

Por Fernando Garcia Olmedo

El famoso predicador puritano del Siglo XVII, John Bunyan, de oficio hojalatero, estando en la cárcel de Bedford por predicar en una congregación sin la autorización de la Iglesia oficial de Inglaterra, escribió un hermoso libro llamado “El Progreso del Peregrino”.  En esta fascinante historia, Cristiano, el protagonista, advertido por Evangelista, huye de la Ciudad de Destrucción en la cual vivía cómodamente junto a su familia.  En su camino hacia la Ciudad Celestial se encontrará con muchos personajes, peligros, distracciones y también afortunadas circunstancias.  Sin embargo, en el inicio de su travesía, la primera vicisitud con que se encuentra se produce al caer en el llamado “Pantano del Desaliento”.  El autor grafica este lugar como un pantano que se formó por la acumulación de temores desalentadores que surgen en lo íntimo del alma del pecador cuando éste es consciente de su condición, generando un pantano que no puede ser reparado ni cubierto de ninguna forma.  

Este triste lugar de miseria espiritual, es pintado como un lugar inevitable.  Existe, está ahí y estará siempre, y nadie puede hacer nada para hacerlo desaparecer ni tampoco para rodearlo sin caer en él.  Con esta alegoría, John Bunyan está hablando de lo que bíblicamente llamamos “convicción de pecado”.  Este pantano es inevitable, porque es necesario, y es parte de la obra del Espíritu en el pecador.  En Juan 16:8, dice que, cuando él (el Espíritu Santo) venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. En el versículo 13 vuelve a recalcar la obra del Espíritu en este aspecto diciendo que “cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad”.  Cuando Dios le muestra a David sus pecados, su alma cae en un profundo foso de dolor, en el cual, lleno de miseria y espanto, debe reconocer su transgresión, aceptando su culpa y el justo pago por su pecado (Salmo 51:3-4).  Cuando llenos de pecado, de debilidad y atestados de toda injusticia (Romanos 1:29), nos encontramos con un Dios Santo, único, incomparable, de una pureza moral inalcanzable, resplandeciente y al mismo tiempo sobrecogedora y atemorizante, se nos presentan los horrores de la muerte espiritual, sintiendo que su condena cae sobre nuestras cabezas, y clamamos como Isaías “¡Ay de mí que soy muerto!” (Isaías 6:5).   Sin embargo este pantano, triste, fétido y doloroso como es, se hace indispensable para llevar nuestras almas al arrepentimiento profundo, reconociendo nuestra absoluta dependencia de Dios, porque nadie puede limpiarse a sí mismo de su pecado, sino que necesitamos zambullirnos como Naamán, pero no en el Jordán, sino en la fuente carmesí, la preciosa sangre de Cristo, el cordero sin mancha, que derramó su sangre por nuestras transgresiones, para librarnos de la condenación eterna, sanar nuestra conciencia herida, limpiar nuestro pecado y darnos el poder de vivir en justicia y novedad de vida.  Que se diga ahora: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, esto es, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:1).