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El Mosquito y el Camello. (Tratando de no ver al Diablo en todo)

Por Gonzalo Ramírez

21 de junio de 2025

El pueblo evangélico y pentecostal en Chile, y en muchas partes del mundo, a menudo se encuentra en una encrucijada algo curiosa cuando se trata de discernir la influencia del diablo. Pareciera que hemos desarrollado una gran habilidad para ver al enemigo en todo aquello que nos resulta novedoso, extraño, o que simplemente se sale de los moldes preestablecidos de nuestra tradición. El arte, la cultura popular, la música contemporánea, los dibujos animados, el cine; todo esto y más, se convierte en un campo de batalla donde el diablo, según algunos, ejerce su dominio.

Esto, sin embargo, revela una paradoja preocupante: mientras nos afanamos en «colar el mosquito» de lo culturalmente diferente, corremos el riesgo de «tragarnos el camello» de influencias malignas mucho más sutiles e incluso más destructivas para nuestra vida espiritual y comunitaria. Creo que es un fenómeno que merece al menos una reflexión.

¿Un Diablo en Cada Esquina Cultural?

Es innegable que la cultura, en sus diversas expresiones, puede reflejar valores contrarios a los principios bíblicos. No se trata de una ingenua apertura a todo sin discernimiento. Sin embargo, la facilidad con la que atribuimos cualquier manifestación artística o cultural «extraña» a una conspiración demoníaca revela, en muchos casos, una falta de entendimiento más profundo sobre la naturaleza del mal y, aún más importante, sobre la propia responsabilidad humana.

Veamos, por ejemplo, la música. Nuevos géneros musicales, instrumentos o estilos de alabanza a menudo son recibidos con sospecha, etiquetados como «mundanos» o incluso «demoníacos». Lo mismo ocurre con ciertas películas, series de televisión o formas de arte visual que, por su estética o narrativa, se alejan de lo que consideramos «cristiano». Esta postura, en lugar de fomentar un discernimiento maduro, puede conducir a un aislamiento cultural y a la incapacidad de participar en conversaciones significativas con el mundo que nos rodea. ¿No es posible que un artista, incluso si no comparte nuestra fe, pueda crear una obra que invite a la reflexión sobre temas universales de amor, pérdida o esperanza, sin que esto sea una trampa satánica?

El problema radica en una cosmovisión (pagana, a mi entender) que ve al diablo como el principal arquitecto detrás de cualquier cosa que no se ajuste a nuestras expectativas, en lugar de reconocer la complejidad de la creatividad humana (que, aunque caída, aún retiene vestigios de la imagen de Dios) y la influencia de una cultura secularizada. Es un reduccionismo básico, un atajo teológico que nos exime de la tarea más ardua: ejercitar un verdadero discernimiento.

La Peligrosa Tendencia de Culpar al Diablo por Nuestros Propios Pecados. (Disculpe, mi pastor. Fue el Diablo ¡No fui yo!)

Uno de los aspectos más preocupantes de esta «diabolización» de lo novedoso es que a menudo se entrelaza con una costumbre aún más dañina: culpar al diablo por nuestros propios pecados. Las obras de la carne, descritas tan claramente en Gálatas 5:19-21 (inmoralidad sexual, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odio, discordia, celos, iras, egoísmo, disensiones, facciones, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes), son a menudo interpretadas como la manifestación directa de «espíritus» o incluso «demonios» específicos. 

Si bien es cierto que el diablo tienta y busca llevarnos al pecado, esta interpretación borra la línea entre la tentación externa y la responsabilidad individual del creyente. Al atribuir nuestros propios celos, iras, disensiones o chismes a la posesión o influencia demoníaca directa, evadimos la necesidad de arrepentimiento genuino y de confrontar la naturaleza pecaminosa que reside en cada uno de nosotros. «Fue el diablo quien me hizo enojar», «el espíritu de chisme me obligó a hablar», son malas excusas que, aunque puedan sonar piadosas, en realidad nos impiden crecer en santidad. Queridos hermanos, las obras de la carne, se confiesan, no se exorcizan.

Aquí es donde la metáfora de «colar el mosquito y tragarnos el camello» cobra un significado aún más profundo. Mientras nos obsesionamos con «demonios» en géneros musicales o estilos de vestir, pasamos por alto la verdadera influencia satánica en aspectos mucho más cotidianos y devastadores.

La Verdadera Influencia Satánica: El Dominio de la Lengua y el Engaño

Si queremos hablar de la verdadera influencia infernal, no necesitamos buscar muy lejos. La Biblia es clara: el poco dominio de la lengua es una de las áreas donde la influencia del enemigo es más palpable y destructiva. Santiago 3:6 lo describe de manera contundente: «La lengua es también un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama el curso de la vida, siendo ella misma inflamada por el infierno».

El chisme, la calumnia, la mentira, la crítica destructiva, la murmuración; estas son verdaderas obras de las tinieblas que, a menudo, proliferan sin ser debidamente identificadas como tal en nuestras propias comunidades evangélicas. Paradójicamente, mientras «exorcizamos» la música, los jeans, un dibujo animado o un meme, permitimos que el veneno de la lengua destruya la comunión, dañe reputaciones y siembre discordia dentro de la misma iglesia. Esto es tragar el camello. Esto es una estrategia del enemigo para dividir y debilitar el cuerpo de Cristo.

Las Estrategias del Enemigo: Ceguera Espiritual y Engaño Doctrinal

Es crucial recordar que la Biblia no nos llama a ser ingenuos ante la realidad de Satanás y sus demonios. Ignorar su existencia y su obra es caer en el otro extremo equivocado. La Escritura nos enseña que, aunque Satanás y sus demonios han sido derrotados por Cristo en la cruz, aún se oponen activamente a los planes de Dios. Su objetivo principal no es tanto que veamos una película «mundana», sino impedir que las personas crean en el evangelio.

La Biblia es clara al señalar que Satanás trabaja activamente para cegar el entendimiento espiritual de los no creyentes, para que la luz del evangelio no brille sobre ellos (2 Corintios 4:4). También busca robar la palabra sembrada en los corazones (Lucas 8:12), impidiendo que eche raíces y dé fruto. Estas son sus estrategias primarias en relación con los no creyentes: mantenerlos en la oscuridad y robar la semilla de la verdad.

Además, Satanás también busca obstaculizar el crecimiento y el ministerio de los creyentes. El apóstol Pablo nos advierte sobre las «maquinaciones» o «estrategias» del diablo (Efesios 6:11). Una de las principales es el engaño. Satanás es descrito como «mentiroso y padre de mentira» (Juan 8:44). 

Sus mentiras pueden ser:

  1. Mentiras doctrinales: Las «enseñanzas de demonios» (1 Timoteo 4:1) que distorsionan la verdad de la Palabra de Dios, llevando a falsas doctrinas que desvían a los creyentes de la sana enseñanza. Estas son mucho más peligrosas que una canción pop.
  2. Mentiras personales: Aquellas que buscan confundir la identidad del creyente en Cristo, haciéndonos dudar de nuestro perdón, de nuestro valor en Dios, o minimizando las consecuencias del pecado para inducirnos a la complacencia. «No pasa nada», «Dios entiende», «todos lo hacen»; estas son las voces del engañador que nos susurran al oído.

Por todo esto, la proclamación del evangelio es un punto crítico en el conflicto espiritual. Es la herramienta más poderosa para liberar a las personas del dominio de las tinieblas. Y los cristianos, por nuestra parte, debemos estar preparados para resistir las estrategias del enemigo con discernimiento y firmeza en la verdad de Dios.

Discernimiento, No Paranoia

La solución no es ignorar la existencia del enemigo, pues eso sería una grave imprudencia. Tampoco es verlo en cada sombra, cada canción, o cada dibujo animado. La verdadera batalla espiritual se libra en un plano mucho más profundo: en la mente, en el corazón, en la forma en que usamos nuestra lengua y en cómo discernimos la verdad de la mentira.

Necesitamos un discernimiento bíblico que nos permita identificar las verdaderas artimañas del diablo: el engaño doctrinal, la ceguera espiritual, el robo de la Palabra, la siembra de división y el fomento de los pecados de la carne, especialmente aquellos que más dañan la comunión y el testimonio, como el chisme y la contienda.

No debemos culpar al diablo por nuestros propios pecados y sus consecuencias. Asumir la responsabilidad personal por nuestras acciones y confrontar nuestras propias tendencias pecaminosas es un paso fundamental hacia la madurez cristiana. El diablo tienta, pero nosotros somos quienes cedemos.

La labor del creyente es mantenerse alerta, sí, pero con una mirada enfocada en Cristo, en Su verdad y en la guía del Espíritu Santo. Dejemos de «colar el mosquito» en cada manifestación cultural novedosa, para que podamos tener la visión clara y la valentía espiritual de identificar y enfrentar los «camellos» que realmente obstaculizan el avance del Reino de Dios y la santificación de Su pueblo.

En Cristo.

Gonzalo Ramírez Lepeley.

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