
Por Daniel Diaz Romero
Bienvenidos a reflexiones desde la banca, en esta ocasión quisiera invitarles a meditar sobre un asunto que tiene directo impacto en la unidad del cuerpo de Cristo, y está estrechamente relacionado con lo que hemos denominado el “Éxodo Pentecostal”, y es el desdén, la indolencia, e incluso el menosprecio con el que reciben algunos pastores la noticia de la partida de hermanos de sus congregaciones.
Si este fuera un fenómeno aislado, ciertamente no merecería mayor atención, pero tristemente, al ser cada vez más numerosas las experiencias similares que se oyen, es necesario pararnos a meditar hacia donde se dirige el oficio pastoral en nuestros días.
Antes de comenzar el análisis, y dado lo sensible del tema, es necesario hacer algunas precisiones: (i) Primero, esta reflexión no busca idealizar al hermano que deja una congregación. Las razones de su salida pueden ser plenamente justificadas o abiertamente mezquinas, pero el foco no está en esto. (ii) Segundo, tampoco se busca sugerir que un Pastor no pueda disciplinar a un miembro de su congregación, aunque dicha disciplina sí debe apuntar a la restauración, y al retorno del hermano a la comunión de la Iglesia, como hizo el apóstol Pablo con Juan Marcos, el evangelista. (iii) Tercero, y aunque sea una obviedad, esta reflexión tampoco pretende sugerir que quien deja una congregación particular, sale del cuerpo de Cristo que es la Iglesia universal. Aunque también hay quienes dejan una congregación porque han abandonado la fe; y estos casos vuelven a la indolencia pastoral en un fenómeno aún más alarmante. (iv) Cuarto y último, tampoco se busca hacer una injusta generalización del oficio pastoral. Aún existen verdaderos siervos de Dios que lideran sus congregaciones en amor y servicio, y que sufren juntamente con sus congregaciones cuando un miembro del cuerpo se duele. Pero esta reflexión pone el foco en los malos obreros que hoy dañan al cuerpo de Cristo, y en obreros que se han apartado del fiel servicio al Señor y a su Iglesia.
El cambio de iglesia, o más precisamente, la emigración de miembros de iglesias pentecostales hacia iglesias protestantes históricas o neopentecostales, es un fenómeno del que hemos hablado con mucha frecuencia en el canal. Pero la arista que aún no habíamos considerado, es precisamente esa última interacción con el pastor local, o su reacción posterior a la salida de dichos hermanos. Los ejemplos que se escuchan son variados, y la gran mayoría van en la misma dirección.
Escuché, por ejemplo, de un matrimonio joven que, al ir a hablar con su pastor sobre su deseo de cambiarse de iglesia, encontraron ausencia de diálogo y un desinterés total de parte de él en entender las razones por las cuales dejaban la iglesia. Recibieron en cambio ironía, impropia de alguien llamado a reflejar el carácter de Cristo: “Aquí no hay palabra, yo también me quiero ir de esta iglesia”, les contestó.
Otro caso, del que yo soy testigo, es el de un pastor que al hablar de hermanos que se habían cambiado de iglesia, citaba a la primera carta de Juan capítulo 2 versículo 19: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros”, sin reparar en el hecho de que aquel versículo hace referencia a la apostasía, o quizá pensando que abandonar su denominación particular equivalía a salir del cuerpo de Cristo. Y si consideramos que las iglesias pentecostales tienen poco más de 100 años de existencia, que alguien llegue a creer que la salvación depende de su iglesia y denominación, da cuenta de un nivel de ceguera y arrogancia que debería despertarnos una profunda preocupación. La Salvación es del Señor, no es monopolio de ninguna denominación.
Un tercer ejemplo, cuenta de un pastor que al enterarse de la partida de un par de familias de su iglesia, pidió palabra al señor, y la conveniente respuesta que recibió fue un Salmo imprecatorio, que condenaba, según su interpretación, a aquellos que dejaban su Iglesia. Este último caso es muy representativo, ya que no son pocos los pastores que han levantado ídolos en sus corazones que han desplazado al Dios de la Biblia; ídolos que no dan espacio para dolerse por hermanos útiles que dejan sus congregaciones, hermanos que podrían bendecir a la Iglesia con sus dones. Ídolos que no los guían al arrepentimiento, porque el pecado está siempre fuera, nunca en ellos, por lo que no hay lugar a la autocrítica o autoexamen, ni siquiera se plantean que la reducción del tamaño de sus congregaciones pueda estar relacionado con ellos, no existe un clamor que como el rey David exclame: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. Nada de esto existe, porque el ídolo que han levantado siempre les da la razón. La enfermedad en el hermano incómodo siempre será un juicio de Dios por su rebelión, mientras que la misma enfermedad en ellos o en los suyos, son pruebas de perfeccionamiento.
No son pocas las ocasiones en que hermanos que no se alinean con la visión de iglesia que tienen pastores como los que describo, que entienden el liderazgo como un ejercicio despótico del poder; son invitados a salir de la iglesia, de forma directa o indirecta. Se les aísla, se les señala, se les hace entender de que ahí no son bienvenidos. Y cuando les rompen la voluntad y finalmente deciden salir de aquella congregación, son ANATEMIZADOS y presentados como enemigos, utilizando pasajes bíblicos a conveniencia. Y lo más triste de todo esto, es que tenemos hermanos que aún tienen un fuerte vínculo emocional con la Iglesia que dejaron, pero por el estigma con el cargan, el retorno se ve como algo imposible.
Ahora bien, ¿que nos muestra nuestra propia historia respecto al asunto que estamos tratando? Sé que las comparaciones siempre son incómodas, pero en un oficio tan trascendental como es el ministerio pastoral, se vuelve necesario. Y para una Iglesia que se reconoce heredera del legado del Pr. Willis Hoover, considerar su ejemplo es un ejercicio saludable. En la revista Fuego de Pentecostés No 93 de Junio de 1936, edición dedicada a la figura del Pastor Hoover, posterior a su muerte, escribe Luis Taucán: “Si debiera tocar su actuación en la Iglesia de Valparaíso, sería para decir, que fué un gran Pastor, que supo pastorear el rebaño que Dios le había encomendado. Yo lo vi gemir por una ovejita que se había salido del redil, lo vi buscándola con tesón por los suburbios de la ciudad, de noche y por los cerros. Pero él no veía las dificultades, sino, sólo que esa oveja necesitaba ayuda y se la daba generosamente”. Lo notable de esta cita, es que quien escribe era hijo del Pastor Domingo Taucán, por esos años, Superintendente de la Iglesia Metodista Pentecostal. Es decir, el grupo que se había separado del Pr. Hoover tres años antes. También el Pastor Víctor Gatica en la misma edición de la revista, se refiere al Pastor Hoover en los siguientes términos: “¡Cómo imitaba a su Maestro! Más de una vez lo vi llorar con profundo dolor por las ovejas que se extraviaban del camino, mostrando como debemos llorar los pastores que llevamos el Espíritu de Cristo. Era la enseñanza de la palabra que estaba hecha vida en él y que en cada oportunidad nos servía de ejemplo!”. Y ya en una edición más tardía de la revista Fuego, de Mayo de 1959, se dice del pastor Hoover lo siguiente: “Toda una noche pasó de rodillas en la puerta de la casa de un hermano que se había descaminado, sollozando y clamando: “Mi hermano se ha ido de Cristo, volved mi hermano a Él otra vez”. Esto último, posiblemente inspirado en uno de los tantos coros breves originados en el avivamiento de 1909, Himno 256, alabanza 12, en nuestro himnario. Ahora bien, luego de una descripción como esta, la pregunta dolorosa es: ¿a quién de nuestros pastores actuales podríamos describir de esta misma manera? Probablemente no muchos.
Y si ejemplos como los del Pastor Hoover hoy nos parecen escasos, ¿cuánto más distante estará hoy el oficio pastoral del ideal del buen Pastor que nos muestra Juan capítulo 10? Y este es un autoexamen que debemos hacernos como Iglesia, porque la idea de liderazgo de nuestros pastores, es la misma idea de liderazgo que tienen las congregaciones, donde la obediencia irrestricta a la normas de la institución y sus cabezas, es el principio rector, reemplazando la sujeción a Cristo y su Palabra, y al ejercicio de un liderazgo bíblico, sacrificial y de servicio, como nos muestra San Marcos 9:35: “Quien quiera ser el primero debe tomar el último lugar y ser el sirviente de todos los demás”. Es pues necesario, que quienes lleguen al ministerio tengan un carácter piadoso, y un liderazgo en servicio reconocido por su iglesia local. Porque no pocos asalariados han entrado en el oficio pastoral, asalariados a quienes NO les importan las ovejas. Ya que si la virtud principal del candidato al pastorado es alinearse en todo lo que superiores le pidan, y no por convicción, sino por conveniencia; si su talento más vistoso es la dulzura de su lengua a la hora de adular a quienes lo pueden favorecer; si su predicación gira en torno a una obediencia y sujeción ciega, no a Dios y a su palabra, sino a normas y perceptos humanos, propios de su denominación; si este es el perfil, los frutos de dicho árbol no pueden ser otros sino los que dicta su propia naturaleza. En otras palabras, si el pastorado fue alcanzado por medio de la astucia y la ambición personal, difícilmente podrá conducir a su congregación hacia buenos pastos.
Para finalizar, y volviendo a una de mis clausulas iniciales. Quien deja una congregación cristiana, para moverse a otra congregación cristiana, no sale del cuerpo de Cristo. Pero aun así, su partida genera dolor. Porque se rompe la comunión semanal con el hermano que uno ama, con el hermano cuyos dones son el fruto de una herencia pentecostal de generaciones, dones que fueron forjados y perfeccionados en la Iglesia que deja y que podrían bendecir a dicha congregación. Ya no habrán más oraciones de mañana, ni escuelas dominicales, vigilias de amanecida, visitas a otras iglesias con el hermano y amigo que veía casi a diario. Y esto es un dolor muy personal en mi caso. Mi hermano no se ha ido de Cristo, pero mi hermano se ha ido de mí. ¿Cuánto más doloroso es entonces, cuando un hermano deja el camino y se aparta de la fe? Esto no nos puede dejar indiferentes como Iglesia, debe generar dolor en nosotros y en nuestros pastores. Grandes templos hoy vacíos claman desde el viejo continente, testificando que sus puertas no pudieron retener a las vibrantes congregaciones de antaño, y que solo el amor a Dios y el amor entre nosotros puede mantener viva a una Iglesia y hacer efectivo el traspaso de la fe de una generación a otra. La Indolencia Pastoral, la arrogancia y el orgullo denominacional solo nos augura un futuro desalentador, donde el silencio y ecos de templos vacíos reemplazarán las alabanzas, las Glorias a Dios y los aleluyas.
Tenga el Señor misericordia de nosotros.
Mi hermano se ha ido de Cristo,
Mi hermano se ha ido de mí;
Mi hermano se ha ido de Cristo,
Oh, traed mi hermano a mí.
Traed, traed,
Traed mi hermano a Cristo y a mí;
Traed, traed,
Oh, traed mi hermano a mí.

