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El conflictivo desembarco (neo)pentecostal en las iglesias protestantes históricas

Por Luis Aránguiz Kahn

20 de diciembre de 2025

Es sabido desde hace algunos años que existe en Chile una migración de juventud pentecostal hacia otras iglesias. En realidad, es un fenómeno generacional. Entre los datos de algunas encuestas y las investigaciones que han comenzado a estudiar el asunto de manera académica, puede verse que existe movilidad o salida de juventud desde estas iglesias. No obstante, luego de la salida también está la pregunta sobre qué pasa en el lugar de llegada. Para quienes permanecen en el mundo evangélico, hay principalmente dos cauces, ya sea el mundo neopentecostal o el mundo de las iglesias protestantes “históricas” (presbiteranas, anglicanas, bautistas, otras). En el primer caso, esas congregaciones generalmente mantienen los patrones estructurales del pentecostalismo criollo, modificando solo cuestiones formales como vestimenta, liturgia y a veces aspectos doctrinales. Pero lo que atrae de ellas es principalmente que son una “renovación” pentecostal, y no que sean no pentecostales. El segundo caso, sin embargo, es más complejo y es el que merece nuestra atención en este artículo.

Por investigación y amistades, he tenido la oportunidad de conocer pastores de distintas tradiciones no pentecostales. Esto ha abierto la oportunidad de conversar seriamente y con altura de miras el asunto de cómo la migración pentecostal hacia sus iglesias ha tenido a veces un dificultoso aterrizaje. Lo que comparto en lo sucesivo es resultado de esas conversaciones, sin pretensión de alguna gran hipótesis, sino más bien de describir fenómenos que he anotado con el paso del tiempo. Presentaré lo que me parece que son siete rasgos culturales claramente distinguibles, y cinco fenómenos que son fruto de malas experiencias en iglesias (neo) pentecostales. Estos siete rasgos y cinco fenómenos son complementarios, por lo cual es probable que quien los analice de manera cruzada, pueda descubrir una explicación a actitudes particulares de la migración (neo) pentecostal.

La movilización de la que hablamos se ha producido principalmente por razones doctrinales y existenciales. Ya sea que se busquen respuestas a preguntas no resueltas, o que se adhiera a una teología distinta, o que la iglesia pentecostal (o neo, también puede ser el caso) de origen tenía prácticas cuestionables en diversos niveles, las razones son suma y sigue. Esta migración, en general, ha venido acompañada de elementos culturales propios del mundo pentecostal, algunos de ellos reconocidamente positivos. Por ejemplo, quienes observan este arribo celebran el espíritu solidario en cuanto a dar con liberalidad, la disposición servicial a las tareas de la iglesia, el compromiso con las actividades de la congregación y, desde luego, la devoción. Estos cuatro elementos son un aporte que congregaciones con un ánimo a veces más reposado agradecen como energía dinamizadora al servicio de la comunidad.

Sin embargo, el pentecostalismo chileno también tiene otros elementos culturales que pueden tener consecuencias negativas, y son estos los que quisiera desarrollar un poco más, pues como dijo un pastor en una conversación, pareciera que los nuevos conversos a veces aprenden de memoria la confesión de fe, pero eso no cambia su modo de vivir en la nueva iglesia a la que se incorporan. Resulta que estas iglesias protestantes históricas tienen una cultura distinta con la cual chocan los emigrados pentecostales, que podrían exhibir alguno o todos los rasgos siguientes en diversa medida dependiendo del caso:

1. Autoritarismo. El pentecostalismo tiene un componente fuertemente autoritario que ha sido estudiado desde hace décadas y que se mantiene aun a pesar de un cambio de iglesia. Esto se refleja en que el creyente sigue observando su relación con el pastor como una de sometimiento y aprecio por el ejercicio unilateral del poder, incluso dependencia del pastor. Esta cultura autoritaria produce conflictos al demandarse abierta o tácitamente del pastor tareas y decisiones que no le corresponden. También puede manifestarse en la demanda por un carácter carismático, un “liderazgo” gerencial, caudillista, mesiánico, o algún otro tipo de dependencia, etc. 

2. Individualismo.  Aunque el pentecostalismo tiene un componente solidario, también tiene una cara individualista que se manifiesta sobre todo en la aspiración a detentar autoridad. Esto va ligado al punto 1, porque en una cultura donde la autoridad es un privilegio de mando y no de servicio, se termina por desear alcanzarla. No es extraño que aquí aparezca una cierta falsa modestia, no acostumbrada a la transparencia de congregaciones que desarrollan abiertamente la elección de autoridades por vía deliberativa. Los tipos de liderazgo demandados en el punto 1 son también los que potencialmente pueden llegar a exhibir quienes aspiran a cargos en sus nuevas iglesias. 

3. Dualismo: Bien es cierto que los pentecostales que están buscando iglesias históricas usualmente lo hacen por desear informarse mejor como cristianos. Sin embargo, eso no quiere decir que siempre se logre superar el dualismo intelectual estudiado también hace décadas, que consiste en dividir los aspectos de la realidad en iglesia/mundo, teología/espíritu, fe/ciencia, y otros. Naturalmente que, a pesar del interés que pueda tener un nuevo converso expentecostal en lo teológico, aun así, el elemento dualista puede manifestarse en cierta especificidad fundamentalista (que no es lo mismo que conservadora) de concebir su relación con la tradición a la que llega. 

4. Sentido de inferioridad: Un aspecto documentado también por años, es el sentimiento de inferioridad pentecostal en Chile. El movimiento nació en ambientes de pobreza y analfabetismo, en una sociedad que lo excluía. Por muchos años hubo una autopercepción que perdura hasta hoy de ser “ciudadanos de segunda”. Esto hace que usualmente el pentecostal se perciba a sí mismo como en pie de guerra contra todo lo que no está de acuerdo con su experiencia eclesial. 

5. Sentido aspiracional: Como espejo del punto 4, viene el sentimiento aspiracional. Los pentecostales, sobre todo generaciones nuevas con acceso a la universidad adoptan una lógica de competición y consumo que hasta cierto punto compensa el sentimiento de inferioridad que se arrastra por el pasado generacional marcado por las carencias. De ese modo, la iglesia corre el riesgo de convertirse en un espacio de comparaciones en lógica de éxito personal. 

6. Mistificación de la existencia: Todo lo anterior viene acompañado de una mistificación general de la existencia personal. No se trata esto de un concepto de “soberanía” divina, sino más bien de la idea de que todo lo que ocurre en la vida es por obra de Dios o de las fuerzas del mal, de modo que la responsabilidad personal queda siempre en un plano inferior y será más probable que las consecuencias de actos se atribuyan a la acción de uno u otro lado espiritual que obra en favor o en contra del creyente. 

7. Falta de juicio crítico: Defino este elemento como un rasgo cultural muy propio que puede sintetizarse en la idea de que “todo se toma de manera personal”. El pentecostal proviene de un ambiente eclesial en el que no existe espacio de deliberación, facilitado por una cultura autoritaria, de modo tal no es natural para él el disentir respecto ideas de manera racional. Inevitablemente habrá de considerar que la discusión es sobre su persona, no sobre las ideas. 

La mala experiencia en comunidades (neo) pentecostales produce, además, varios otros fenómenos asociados. Por ejemplo, 

  1. El primero es el que hace años que alguien acuñó como “síndrome de Martín Lutero”, para describir el caso de aquellos pentecostales que, habiendo descubierto un marco teológico como el Reformado, adoptaron una posición de ofensiva reformista dentro de sus congregaciones, teniendo a veces reacciones negativas ya sea desde quien tiene el síndrome o de parte de la congregación. 
  2. Un segundo fenómeno es lo que aquí llamaría “expectativas utópicas”. Quienes comienzan a “reformarse”, suelen formarse una imagen idealizada de las iglesias herederas de la Reforma. Cuando llegan a ellas, sin embargo, no encuentran a Calvino o Lutero predicando. Simplemente encuentran una comunidad normal. Este choque entre expectativa y realidad produce diversas tensiones y complicaciones internas. 
  3. Un tercer fenómeno es el del resentimiento contra el pasado. Quienes enfrentaron experiencias negativas con sus iglesias (neo) pentecostales de procedencia, por lo general llevan con ellos una serie de asuntos que requieren un tratamiento pastoral, pues esas experiencias negativas afectan su desarrollo en la nueva iglesia. 
  4. También puede encontrarse que cuando se arriba a estas congregaciones, dada la certidumbre teológica y otros aspectos, esto puede producir un “sentimiento de superioridad” irreflexivo frente a la denominación de procedencia. A veces puede verse una abierta intolerancia o trato burlesco frente a personas que se mantienen en la denominación o creencia cuestionada. 
  5. También se produce una “cacería de brujas”. En efecto, la sensación de que lo aprendido en una iglesia (neo) pentecostal fue un engaño, frente al encuentro con una postura teológica precisa, puede ocasionar que se desarrolle la práctica de atacar a la tradición o iglesia de procedencia buscando desprestigiarla activamente. 

En ciertos casos, estos puntos pueden expresarse en la creación de iniciativas individuales y extrainstitucionales (ya sea de la iglesia de procedencia o de la iglesia de pertenencia) al estilo de un “llanero solitario”, para realizar todo tipo de descargos. Esto se puede explicar porque las iglesias (neo) pentecostales suelen carecer de canales institucionales para resolución de conflictos y, por ello, también carecen de una cultura institucional fuerte. No es extraño que sus fieles, por tanto, tampoco desarrollen una cultura institucional. Incluso habiendo llegado a una iglesia protestante con cultura institucional y deliberativa fuerte, esto no necesariamente cambia la cultura del converso respecto a buscar los cauces institucionales, lo cual también repercute en que los mecanismos institucionales de dichas iglesias sean percibidos insatisfactorios o insuficientes por el converso. 

Me pareció ejemplar lo que me comentó un expentecostal que actualmente es pastor presbiteriano respecto a estos fenómenos, sobre todo el punto e: “existe una tendencia a tratar el pentecostalismo como una tradición herética, lo que es muy extremo, algunos llegan con la idea de que ellos ya no son sus hermanos. En ese desembarco hemos contenido para encarrilar esas ideas y que se entienda que en muchos casos se llega a esa convicción por el daño con el que se sale”.

No pretendo agotar la lista de rasgos solo con los 7 mencionados ni con los 5 fenómenos aparejados a las malas experiencias. Es probable que haya otros más. Estos son los que he podido sistematizar gracias a largas conversaciones con pastores que se han visto sorprendidos por ciertas actitudes. Ellos mismos llegan a la conclusión, compartida también por mí, de que esto no se limita simplemente a rasgos de carácter personal (aunque desde luego ello pueda jugar algún rol), sino que parecen conductas más transversales. De ahí que esto pueda tratarse como rasgos culturales del ethos pentecostal chileno. 

Muchos pentecostales a veces ni siquiera notan que sus actitudes no son solo algo personal, sino que son el fruto de una vida entera en un entorno que tenía ciertos rasgos que incidían en su forma de ser. Estos rasgos y otros han tenido resultados desfavorables no solo en las iglesias donde llegan los pentecostales. De hecho, sus resultados desfavorables se han visto, sin ir más lejos, en los más de cien años dentro del mismo movimiento pentecostal chileno.

Estas y otras cuestiones ponen de manifiesto la necesidad de desarrollar estudios objetivos que examinen con mayor detención los aspectos que conforman esta cultura pentecostal chilena. Es posible que, desentrañando sus diversos mecanismos, sea posible comprender de manera más precisa los efectos negativos que dicha cultura tiene tanto en su propio ambiente como en otros, y de ese modo explorar formas de abordarla que tengan resultados beneficiosos. Esa es tarea para el futuro.  

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