¿Una reforma pentecostal? Volviendo a la autoridad Suprema de la Escrituras

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Por Cristian Fierro

Desde los días de la Reforma, la iglesia ha enfrentado la tentación constante de apartarse de la autoridad de las Escrituras. En el contexto de la tradición metodista pentecostal en Chile, una de las tentaciones más evidentes de apartarse de la autoridad de las Escrituras se observa en la reinterpretación de ciertas prácticas y creencias que han evolucionado con el tiempo, muchas veces influenciadas por el énfasis en la experiencia emocional y el fervoroso énfasis en los dones del Espíritu, en lugar de centrado en el fundamento bíblico claro.

Un ejemplo concreto de esta tendencia se puede ver en algunas iglesias pentecostales en Chile que, a lo largo de los años, han enfatizado experiencias personales de «unción» y «revelación» como si tuvieran la misma autoridad o incluso una superior a la misma Escritura. Esto se ha manifestado en la enseñanza de prácticas que, aunque se presentan como una expresión del Espíritu Santo, no siempre se alinean con la enseñanza bíblica explícita. Un ejemplo de ello es la práctica de la «prosperidad», que ha sido promovida por algunos líderes pentecostales, donde se enfatiza que la fe cristiana debe resultar en bendiciones materiales y físicas, desviándose de la centralidad del evangelio y de los principios que las Escrituras establecen sobre el sufrimiento, el sacrificio y la obediencia. (“un hijo de Dios debería ganar millones)

De manera similar, en algunas congregaciones pentecostales, las enseñanzas sobre el bautismo en el Espíritu Santo y los dones espirituales, si bien basadas en textos bíblicos, se han ampliado a menudo de manera subjetiva, creando doctrinas que no siempre corresponden al texto bíblico en su totalidad, sino que reflejan más una experiencia emocional o una tradición personal que una fiel interpretación de las Escrituras. (El “don del grito”, el don de “cachativa”, el don de cuidar al pastor). La importancia de las experiencias personales y el énfasis en el “milagro” se convierten en el centro, en lugar de la centralidad de la Palabra de Dios como guía para la vida cristiana. Incluso el sermón mismo llega a ser el testimonio de tal o cual episodio de la vida del predicador.

Así, esta tendencia dentro de la tradición pentecostal en Chile resalta una lucha constante: cómo mantener el fervor del Espíritu y la vitalidad de la experiencia cristiana sin que estas prácticas eclipsen o alteren el verdadero fundamento de las Escrituras, como lo recibimos de los reformadores.

En cada generación, ha sido necesario un llamado al regreso a la Palabra de Dios como la norma única de fe y práctica. Hoy no es diferente. En muchas iglesias, la influencia del pragmatismo, la cultura secular y la teología diluida han oscurecido la centralidad de la Biblia y la gracia de Dios. Es urgente una reforma que restablezca la Escritura como la única y suprema autoridad en la Iglesia.

La Reforma Protestante del siglo XVI fue un poderoso movimiento que devolvió la Iglesia a sus fundamentos bíblicos. Hombres como Martín Lutero, Juan Calvino y Ulrico Zuinglio, Jacobo Arminio proclamaron el principio de Sola Scriptura, afirmando que la Escritura es la única regla infalible de fe y práctica.

George Whitefield, uno de los grandes predicadores del avivamiento evangélico del siglo XVIII, entendía la importancia de la Palabra de Dios. Decía: “Dios nunca nos dio su Palabra simplemente para que la tengamos, sino para que vivamos por ella”. Para Whitefield y otros reformadores, la Escritura no era un adorno teológico, sino la guía suprema de la iglesia.

El doctor Martyn Lloyd-Jones, fiel expositor de la Palabra en el siglo XX, también advirtió sobre los peligros de alejarse de la Escritura: “El mayor problema de la iglesia hoy es que no se somete a la autoridad de la Palabra de Dios”. Este diagnóstico sigue siendo dolorosamente cierto en nuestros días.

¿Cuál es El Problema de una Autoridad Alternativa?

Cuando la iglesia pierde de vista la autoridad absoluta de la Biblia, inevitablemente adopta otras normas para determinar su enseñanza y práctica. Algunas de las más comunes incluyen:

El Pragmatismo: Muchas iglesias evalúan su éxito según el número de asistentes o la popularidad de sus programas, que Iglesia tiene el mejor coro y más grande, en lugar de su fidelidad a la verdad bíblica. Pero como advirtió Whitefield: “Lo que empieza en la carne, en la carne termina”. Si la iglesia busca crecimiento sin fundamento en la Palabra, ese crecimiento será superficial e insustancial.

La Cultura Secular: En un intento de ser relevantes, muchas congregaciones adaptan sus enseñanzas y prácticas a los valores de la sociedad moderna. Pero la iglesia no está llamada a conformarse al mundo, sino a ser luz y sal (Mateo 5:13-16).

Las Tradiciones Humanas: Aunque las tradiciones pueden ser valiosas, cuando se elevan al mismo nivel que la Escritura, se convierten en obstáculos para la verdad. Jesús reprendió a los fariseos por esto, diciendo: “Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mateo 15:6).

La Experiencia Personal: Si bien la experiencia cristiana es real y valiosa dentro del movimiento pentecostal, nunca debe reemplazar la Escritura como nuestra norma última de verdad. 

La Autoridad Pastoral Sobre la Escritura: Si bien el liderazgo pastoral es una institución bíblica y necesaria para la edificación de la iglesia, su labor es académica y, valga la redundancia, pastoral (acompañamiento, supervisión, alimentación, guía, etc.); y su autoridad debe estar siempre sometida a la Palabra de Dios. Cuando los líderes toman el lugar de la Escritura como la norma suprema y se sienten con autoridad de poner o quitar doctrinas el rebaño corre el peligro de caer en el autoritarismo o en la dependencia ciega de un hombre en lugar de la verdad de Dios. Como dijo John Flavel: “El mejor de los hombres solo es un hombre en su mejor estado”. El pastor debe ser un siervo de la Palabra, no el sustituto de ésta.

Llamado a una Reforma Bíblica

La única solución al problema de la autoridad alternativa es un regreso decidido y radical al libro que Dios mismo nos entregó por la inspiración del bendito Espíritu Santo: Las Sagradas Escrituras. Y esto implica varias acciones concretas:

Restaurar la Predicación bíblica: La iglesia debe regresar a la predicación fiel de la Palabra de Dios. Lloyd-Jones dijo: “El error más grande de la iglesia moderna es su abandono de la predicación”. La iglesia necesita volver a abrir la Biblia y proclamar su mensaje con claridad y poder.

Someter Toda Doctrina y Práctica a la Biblia: Cada enseñanza y práctica de la iglesia debe ser probada a la luz de la Escritura. No importa cuán popular o tradicional sea algo, si no está de acuerdo con la Palabra de Dios, debe ser rechazado.

Recuperar la Centralidad de la Doctrina: La teología no es un lujo para la iglesia, sino una necesidad vital. Un cristianismo sin doctrina es un cristianismo sin fundamento. Como dijo Charles Spurgeon: “El discernimiento no es saber la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre lo correcto y lo casi correcto”.

Promover una Vida de Santidad Bíblica: La Escritura no solo debe ser nuestra guía doctrinal, sino también nuestra norma de vida. Un avivamiento genuino no se mide solo por un aumento de asistentes a la iglesia, sino por una transformación de vidas conforme a la verdad de Dios. Hemos confundido santidad con santurronería. Hemos dado un énfasis a lo externo y descuidado el corazón.

¿La Iglesia Pentecostal Necesita una Reforma?

La Iglesia evangélica de hoy se encuentra en una encrucijada crucial. Por un lado, está la senda fácil de la complacencia, donde la iglesia se adapta a los deseos y expectativas del mundo (éxito numérico, crecimiento económico y poder) comprometiendo las verdades bíblicas para ser más aceptada socialmente. Por otro lado, la iglesia tiene la oportunidad de volver a sus fundamentos eternos: la Palabra de Dios. La historia nos enseña una lección clara: cada vez que la iglesia ha regresado a las Escrituras, ha experimentado renovación y avivamiento. Pero este regreso a la fuente de la vida cristiana no sucederá sin un compromiso serio y un sacrificio real.

En este tiempo de tentaciones y desafíos, es crucial que estemos alertas a los pseudo pastores que se levantan con deshonestidad intelectual, distorsionando las Escrituras para ajustarlas a sus propios intereses, ya sea por ambición personal, poder o influencia. Estos líderes, que parecen ser figuras de autoridad en el ámbito religioso, muchas veces manipulan la Palabra de Dios para justificar doctrinas o prácticas que no tienen base bíblica, llevando a la iglesia por caminos peligrosos. La deshonestidad intelectual en la predicación y enseñanza de la Biblia crea confusión y engaño, distorsionando el mensaje de salvación y vida que solo las Escrituras pueden ofrecer.

Es imperativo que, como iglesia, volvamos a la centralidad de las Escrituras, que permanezcamos fieles a su enseñanza y que estemos alerta a los que intentan corromper su verdad. La renovación y el avivamiento solo vendrán cuando la iglesia se humille ante la autoridad de la Palabra de Dios, no solo en lo que enseña, sino también en cómo la vive. Esto requiere una constante vigilancia y la disposición a pagar el precio de la fidelidad, enfrentándonos con valentía a las influencias que buscan apartarnos de la verdad bíblica. Nuestra oración es que Dios levante hombres y mujeres que sigan el ejemplo de Jesús, nuestro Señor y Salvador dispuesto a hacer la voluntad de Dios y no la propia.

Al mismo tiempo nos preguntamos:

¿Dónde están los hombres como Elías en tiempos de apostasía? ¿Las mujeres como Débora que se levantaron como una madre en Israel? ¿Como Pablo, que dejó de lado su tradición religiosa para ir en pos de Cristo y su Palabra?  ¿Dónde está hoy la valentía de Lutero, la pasión de Whitefield, la fidelidad de Lloyd-Jones y el fuego de Hoover? Hombres y mujeres que proclamen con convicción y amor: “La Palabra de Dios inspirada por su Santo Espíritu es nuestra única autoridad” ¿Dónde están?

Que la iglesia pueda decir, junto con el salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105). 

Es nuestro deseo y oración.