Seguridad eterna

Por Dave Hunt, tomado de «Un llamado urgente a una fe seria», Editorial Llamada de Medianoche.

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” 1 Juan 5:13

La cuestión de la seguridad eterna del creyente, ha sido la causa de mucha controversia en la iglesia por siglos, y aún crea confusión y preocupación para muchos cristianos.

Aquellos que creen que “la salvación se pierde” acusan a aquellos que creen en la “seguridad eterna” de promover una “gracia barata”. Esto último es una expresión no bíblica y una contradicción en sí misma. Llamarla barata es en realidad una negación de la gracia, ya que eso implica que se ha pagado un precio muy bajo. No obstante, la gracia debe ser algo que al hombre no le cueste nada, mientras que a Dios le cuesta un precio infinito. Es por eso que, lo que hace que la gracia pierda su valor es que el hombre piense que sus obras pueden jugar un papel ya sea en ganar (como si pudiera ganarse) o en mantener la salvación, llevando así este regalo divino a un nivel de esfuerzo humano.

Decir que “la salvación se pierde” implica el mismo error. Como nuestras obras no tuvieron nada que ver con el hecho de merecer la gracia en principio, no hay nada que pudiéramos hacer para que ya no la merezcamos y nos “apartemos” de ella. Las obras acarrean recompensa o castigo, pero no la salvación, la cual proviene de la gracia de Dios. La clave de este problema, en mi opinión, está centrada en la confusión entre la gracia y las obras.

Primeramente, debemos tener absolutamente claro que estas dos cosas nunca se pueden mezclar. Pablo declara, “y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia, de otra manera la obra ya no es obra” Romanos 11:6. La salvación no puede ser en parte por obras y parte por gracia. Estas dos cosas son opuestas y no pueden estar en compañía.

En segundo lugar, debemos tener absoluta certeza que las obras no tienen nada que ver con la salvación. Punto final. La Biblia claramente declara, “Porque por gracia sois salvos… no por obras” Efesios 2:8,9. En coherencia con tales escrituras, los evangélicos declaran que no podemos ganar ni merecer la salvación en ninguna forma. La vida eterna debe ser recibida como un regalo de la gracia de Dios, o no la podemos obtener, porque “la dádiva de Dios es vida eterna” Romanos 6:23. Cualquier intento de realizar un pago parcial por un regalo, se constituye en un rechazo del mismo.

En tercer lugar, la salvación no puede comprarse ni siquiera en parte por nosotros, ya que requiere el pago de la penalidad por el pecado, un pago que no podemos hacer. Si alguien recibe una multa por exceso de velocidad, no le servirá decirle al juez, “He manejado muchas veces dentro del límite de velocidad, así que mis buenas obras compensan esta mala”. El juez responderá “El no quebrantar la ley es lo que la misma demanda. No se obtiene un beneficio especial por eso. La paga por quebrantar la ley es un asunto separado y debe ser cancelada”. Por eso Pablo escribe, “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” Romanos 3:20.

En cuarto lugar, si la salvación de la pena de quebrantar la ley de Dios no puede merecerse por las buenas obras, entonces tampoco puede perderse por las malas. Nuestras obras no cuentan ni para ganar ni para mantener la salvación. Si tuviéramos que merecer el quedarnos con el regalo, ya no sería un regalo.

En quinto lugar, la salvación únicamente nos puede ser dada como un regalo si
la deuda fue pagada en su plenitud. Hemos quebrantado la justicia infinita, y
eso requiere una penalidad infinita. Somos seres finitos y no podemos pagarla;
estaríamos separados de Dios por la eternidad. Dios es infinito y podría pagar
esa pena infinita, pero no sería justo, ya que Él no es humano. Por lo tanto
Dios, en amor y gracia, a través del nacimiento virginal, se hizo hombre para
poder pagar la deuda por el pecado del hombre.

En el griego, tetelestai, el clamor de Cristo desde la cruz, “¡Consumado es!” es un término de contabilidad. En los días de Jesús, era colocado en los recibos y en las notas de crédito como prueba de entera satisfacción. Jesucristo, por tanto, declaró que la deuda del pecador hacia la justicia divina había sido pagada en su totalidad. La justicia fue satisfecha por el pago completo de su pena, y por lo tanto Dios pudo ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” Romanos 3:26. Con esa base, Dios ofrece perdón y vida eterna como un regalo. No se impone por la fuerza, ni tampoco perdona a una persona que rechaza este hecho, y que insiste en ofrecer un pago inadecuado a cambio, o que ofrece sus obras como pago parcial.

La salvación es el perdón completo por la gracia, de la pena de todo pecado, pasado, presente o futuro; la vida eterna va de la mano con ella. Son inseparables. Al negar esta verdad fundamental, todas las sectas incluso los Testigos de Jehová y los Mormones, por ejemplo, rechazan la salvación por gracia e insisten en que debe ser ganada por las buenas obras del individuo. Acusan así a los evangélicos de enseñar que todo lo que necesitamos hacer es decir que creemos en Cristo, y luego podemos vivir como nos plazca, incluso practicando los pecados más groseros, que igual tenemos el cielo asegurado. Los evangélicos no enseñamos eso en absoluto, no obstante, lo mismo dicen los evangélicos que creen que “la salvación se pierde”. Ellos dicen que declarar “una vez salvo, siempre salvo” estimula a vivir en el pecado ya que si sabemos que no podemos perder la salvación, entonces no tenemos incentivo para vivir una vida santa. Por el contrario, el amor a Aquel que nos salvó es el principal y único motivo aceptable para vivir una vida santa; y seguramente, cuanto más grande la salvación que uno recibe, más amor y gratitud habrá. Así que, el saber que uno está seguro por toda la eternidad da una motivación aún más elevada para vivir una buena vida, en comparación con el temor de perder la salvación si uno peca.

Si bien los que creen en lo que es “caer de la gracia” tienen en claro que las buenas obras no pueden ganar la salvación, enseñan que la salvación se puede mantener por las buenas obras. De esa forma, uno se salva por la gracia, pero esa salvación puede perderse después por las obras. Enseñar que las buenas obras retienen la salvación es casi el mismo error (y en este caso un horror) que decir que las buenas obras consiguen la salvación. Es una negación de la gracia decir que una vez que hemos sido salvos por gracia debemos mantenernos salvos por las obras.

Si aquellos que son salvos pudieran perder su salvación, entonces por sus propias acciones deben mantenerse salvos. Si esto es cierto, entonces el que se salven y lleguen al cielo, podría hacerlos orgullosos de haber jugado un papel importante en su salvación. Cristo los salvó, pero ellos se mantuvieron salvos. Pero es todo lo contrario. Ningún hombre puede tomar crédito alguno por su salvación. Somos mantenidos “por el poder de Dios” 1 Pedro 1:5. No por nuestros esfuerzos.

Según Hebreos 6:4-9, la enseñanza de “perder la salvación” más que glorificar a Cristo, lo lleva nuevamente a la vergüenza y el ridículo delante del mundo por dos razones: Si pudiéramos perder la salvación, entonces:

  • Cristo debería ser crucificado nuevamente para salvarnos.
  • Quedaría en ridículo por haber muerto para conseguir la salvación pero no asegurarse a la vez de preservarla. Por haber dado un regalo invalorable a gente que podría inevitablemente perderlo.

Si la muerte de Cristo en nuestro lugar por nuestros pecados y su resurrección no fueran suficientes para mantenernos salvos, entonces él perdió tontamente su tiempo. Si no pudimos vivir una vida lo suficientemente buena como para ganar la salvación, ciertamente no podemos vivir una vida lo suficientemente buena como para preservarla. Hacer de la salvación que tanto Él nos procuró, un asunto que dependiera de nuestras obras fallidas, sería la insensatez más grande.

La enseñanza de “la pérdida de la salvación” nos deja en peor estado que el que estábamos antes de ser salvos. Por lo menos antes de la conversión podíamos llegar a ser salvos. Pero luego que somos salvos y perdemos nuestra salvación (si es que ese fuera el caso) no podemos salvarnos nuevamente, sino que estamos perdidos para siempre. Hebreos 6:6 declara: “porque es imposible que los que… recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento”. Este hipotético “recaer” es claro (verso 9) “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la salvación, aunque hablamos así”. Así que el “recaer” no “pertenece a la salvación”. El escritor nos está mostrando que si pudiéramos perder la salvación, no podríamos obtenerla jamás sin hacer que Cristo muriera nuevamente en la cruz. Esto es una insensatez. Él debería entonces morir una infinidad de veces (es decir, cada vez que una persona que es salva peca, y se pierde, pero quiere ser “salvo nuevamente”). Por ende, aquellos que rechazan la declaración “una vez salvo, siempre salvo” deberían reemplazarla por “una vez perdido, siempre perdido”.

Juan nos asegura, “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis (tiempo presente) que tenéis (tiempo presente) vida eterna. 1 Juan 5:13. Si la persona que tenía vida eterna podía perderla y sufrir la muerte eterna, no sería una burla llamarla vida eterna. Por el contrario la vida eterna está vinculada con la promesa de que uno no puede perecer, una afirmación clara de seguridad eterna o de que “una vez salvo, siempre salvo”. Juan 3.16 promete a aquellos que creen en Jesucristo no perecerán, sino que tienen vida eterna. Juan 5:24 nuevamente dice: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación”. Uno no podría pedir una seguridad mayor o más clara que las siguientes palabras de Jesús: “Yo les doy (a mis ovejas) vida eterna; y no perecerán jamás. Juan 10:28.

Si el pecado hace que uno pierda la salvación, ¿Cuál es ese pecado? ¿Cuánta cantidad se requiere? No hay ningún versículo en la Biblia que nos lo diga. Se nos dice que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” 1 Juan 1:9. Así que aparentemente, cualquier pecado puede ser perdonado. Incluso aquellos que enseñan sobre la pérdida de la salvación, raramente (si es que alguna vez) dicen que fueron “salvos de nuevo”. Más bien, confesaron sus pecados y fueron perdonados. Hebreos 12:3-11 nos dice que cada cristiano peca, y que en lugar de llevar a la pérdida de la salvación, el pecado trae la disciplina de Dios sobre nosotros ya que somos sus hijos. Si dejáramos de ser hijos de Dios cuando pecamos, no tendría a quién disciplinar, no obstante dice que “el Señor…. azota a todo el que recibe por hijo”. Ciertamente, la disciplina es una señal que somos hijos de Dios, no de que hemos perdido nuestra salvación: “Si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos”.

Algunos enseñan que se debe ser bautizado para ser salvo, otros que uno debe “hablar en lenguas”. Ambas son formas de salvación por medio de las obras. Algunas personas carecen de la seguridad de su salvación debido a que no han “hablado en lenguas”, otros tienen confianza en que son salvos debido que piensan que sí lo han hecho. Ambos son como aquellos que diran: “Señor, Señor, ¿No profetizamos en tu nombre y en tu nombre… hicimos muchos milagros? Mateo 7:21-23. Estos confían en sus obras para demostrar que son salvos, en vez de confiar en la gracia de Dios. El Señor no les responde a estos realizadores de milagros: “Una vez fueron salvos, pero perdieron su salvación”. No. Él les dice: “Nunca os conocí”. Estas son palabras solemnes y duras de los labios de Aquel que dijo: “Conozco a mis ovejas” Juan 10:14. Si nunca las conoció, nunca fueron sus ovejas.

Aquí tenemos una importante distinción. Aquellos que creen en recaer dirían que un creyente profesante que ha negado la fe y vive en pecado sin arrepentimiento, que “ha caído de la gracia” y que “ha perdido su salvación”. Por el contrario, aquellos que creen en la seguridad eterna, si bien no son más tolerantes con respecto a una conducta tal, dirían de la misma persona que probablemente Cristo “nunca le conoció”, que nunca fue un creyente. Debemos darle el consuelo y la seguridad de la Escritura a aquellos que son salvos, pero a la vez no debemos dar falso ni antibíblico consuelo a aquellos que meramente dicen que son salvos, pero que niegan con sus vidas lo que profesan con sus labios.

¿Entonces no somos salvos por las obras? Ciertamente que no. Las obras de cada cristiano serán probadas por el fuego en “tribunal de Cristo” delante del cual “todos compareceremos” 2 Corintios 2:10. Las buenas obras acarrean recompensa; pero la falta de ellas no acarrea la pérdida de la salvación. La persona que no tiene siquiera una buena obra (todas sus obras son quemadas) es con todo salva, “aunque así como por fuego” 1 Corintios 3:13-15. Puede que nosotros pensemos que esa persona no es salva en absoluto. Con todo, alguien que externamente no parezca ser creyente, que no tenga buenas obras como evidencia, si realmente ha recibido al Señor Jesucristo como su Salvador, es entonces “salvo como por fuego” y no perecerá, pese a su falta de obras. Esta no es una teoría ni un mero pensamiento, sino lo que Pablo claramente dice bajo la inspiración del Espíritu Santo.

¿Acaso entonces, basándonos en la expresión “una vez salvo, siempre salvo”, animamos a los creyentes a “pecar para que la gracia abunde”? Junto con Pablo decimos ¡De ninguna manera! No le ofrecemos ningún consuelo ni seguridad para aquellos que viven en el pecado. No decimos, “Su vida está bien debido a que una vez tomó una decisión por Cristo”. En vez de eso le advertimos, “Si no está dispuesto ahora mismo a vivir completamente para Cristo como Señor de su vida, ¿cómo puede decir que realmente fue sincero cuando supuestamente le entregó su vida a Cristo en algún momento del pasado?” Y para todos, declaramos juntamente con Pablo, “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe”; probaos a vosotros mismos” 2 Corintios 13:5.

Nuestra confianza con respecto a la eternidad descansa en su inmutable amor y gracia en la suficiencia de la provisión de Dios en Cristo, no en nuestro valor o realizaciones. Solo cuando esto está claro tenemos paz real con Dios. Solo entonces podremos amarle verdaderamente, y vivir por Él en gratitud por la vida eterna que nos fue dada como un regalo de Su gracia, un regalo que nos nos quitará y que nos asegura no se perderá jamás.