
Por Pr. Gonzalo Ramirez Lepeley
9 Yo he escrito a la iglesia; pero Diótrefes, al cual le gusta tener el primer lugar entre ellos, no nos recibe. 10 Por esta causa, si yo fuere, recordaré las obras que hace parloteando con palabras malignas contra nosotros; y no contento con estas cosas, no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se lo prohíbe, y los expulsa de la iglesia.
JUAN. 3° CARTA.
“El “¡porque yo lo digo!” o “porque soy el pastor” no es un argumento bíblicamente válido para un fiel ministro del Evangelio. Esta es sólo una falsa autoridad que desvirtúa la enseñanza cristiana y destruye el correcto proceder de la Iglesia de Jesucristo” (https://protestantedigital.com/fundamentos/43784/pastores-autoritarios-con-el-sindrome-de-diotrefes-te-suena)
El fenómeno del autoritarismo pastoral dentro del mundo pentecostal es una realidad que merece ser analizada y confrontada desde la Escritura. Este problema no solo afecta la salud espiritual de la iglesia local, sino que también distorsiona la enseñanza bíblica sobre el liderazgo cristiano y el rol del pastor como siervo de Dios. Esta es una autocrítica desde nuestro lugar común: el trabajo pastoral
1. El pastor como siervo, no como señor
La Biblia nos enseña que el liderazgo pastoral debe estar marcado por la humildad y el servicio. Jesús dejó claro este principio cuando dijo: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellas. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mateo 20:25-26).
El título «mi pastor», que ciertamente expresa cariño y respeto, a veces se convierte en una forma obligatoria de referirse al líder, consolidando en la práctica una jerarquía castrense. Esto no es consistente con el modelo bíblico de liderazgo, donde el pastor debe reflejar la actitud de Cristo, “Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve”. (Lucas 22:27)
El pastor John Stott nos decía: “El liderazgo cristiano no tiene que ver con poder, sino con servicio; no con dominio, sino con sumisión a Cristo y a los demás” (1 Timoteo y Tito. Edición en portugués). Otro pastor y mártir de la iglesia en Alemania, Dietrich Bonhoeffer, habla muy fuertemente a los líderes que usan su posición para dominar: “Donde el ministerio se convierte en un medio de poder, deja de ser un ministerio de Cristo y se convierte en una obra del diablo.” (Vida en Comunidad)
Queridos consiervos, somos pastores, no patrones. No estamos para mandar a nadie. Mire lo que nos recuerda un viejo pastor, Agustín de Hipona, reflexionando sobre el rol: “El pastor no debe buscar su propio beneficio, sino el bien del rebaño. El amor a sí mismo convierte al pastor en un lobo” (Sermón 46).
2. El «ungido de Dios»: Un concepto mal aplicado
En ciertos círculos pentecostales, algunos pastores han adoptado el título de «ungido de Dios» como una forma de blindarse contra la crítica o el cuestionamiento. Si bien es cierto que los pastores somos llamados y capacitados por Dios, esto no nos exime de ser responsables ante la congregación ni de rendir cuentas por nuestras acciones. Por otro lado, cuando la Escritura habla del “Ungido de Dios” apunta claramente a Jesús, el Mesías (el ungido). No le corresponde a ningún pastor llamarse ni que nos llamen así.
La Escritura nos advierte contra el orgullo espiritual:
«Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos (esclavos) por amor de Jesús» (2 Corintios 4:5).
Cuando un líder se eleva a una posición casi intocable, (usurpando la autoridad que solo le pertenece a Cristo) está cayendo en un grave error. El apóstol Pedro, uno de los primeros pastores, exhorta a los ancianos a pastorear el rebaño “no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos para el rebaño” (1 Pedro 5:3). Estas palabras son un recordatorio claro de que el liderazgo pastoral no debe basarse en el control ni en el poder, sino en el ejemplo y la humildad. Hay un solo Señor. ¡Y no somos nosotros!
3. El abuso en el manejo de recursos
El exigir diezmos y primicias de manera autoritaria, y muchas veces sin transparencia en su uso, contradice el principio de dar con alegría y de forma voluntaria:
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre»(2 Corintios 9:7). Los pastores no estamos llamados a ser propietarios de los recursos de la iglesia, sino administradores fieles, como lo enseñó el apóstol Pablo: «Que los hombres nos consideren como servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel» (1 Corintios 4:1-2).
Las finanzas deben ser manejadas con transparencia y rendición de cuentas para evitar abusos. Para profundizar este tema, revisa nuestro artículo: https://alianzapentecostalreformada.com/transparencia-financiera-en-las-iglesias-pentecostales-un-llamado-a-la-autocritica-y-la-responsabilidad/
4. La idolatría del liderazgo y el énfasis en la «paternidad espiritual»
El respeto hacia los pastores no debe convertirse en una forma de idolatría. Algunas comunidades pentecostales, en su deseo de honrar a los líderes, a veces los colocan en un pedestal que le corresponde únicamente a Dios. La Escritura es clara: «Yo soy el Señor; ése es mi nombre; mi gloria, pues, no la daré a otro»* (Isaías 42:8). Cuando un pastor se presenta como la figura central de la iglesia, desplaza el lugar que pertenece exclusivamente a Cristo, quien es la cabeza de la iglesia (Efesios 1:22-23). Además en algunos contextos pentecostales, se ha desarrollado un énfasis desmedido en la paternidad espiritual de los pastores sobre los miembros de la congregación (“papito”).
Si bien el apóstol Pablo utilizó esta metáfora en ciertos momentos (1 Corintios 4:15), nunca la usó para establecer un control absoluto sobre los creyentes, sino para resaltar su amor y cuidado pastoral. Este concepto, mal entendido, puede generar una relación de dependencia espiritual rayana a la idolatría, que esclaviza en lugar de edificar. Jesús mismo advirtió contra este tipo de jerarquías: «Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mateo 23:9). Texto olímpicamente ignorado por muchos.
Somos llamados a guiar a los creyentes para que crezcan en su relación con Dios ¡No para mantenerlos sujetos a nosotros ni a ninguna figura humana! La función del pastor es pastorear no sustituir el papel de Dios como Padre celestial.
Preguntas honestas al espejo
¿Podríamos mirarnos a los ojos y… procurar recuperar el sentido de servicio y humildad en el liderazgo? ¿Estamos dispuestos a promover una cultura de rendición de cuentas y transparencia en la administración de recursos? ¿Podemos tirar a la basura la noción de creernos pastores intocables y fomentar una sana corrección fraternal? ¿Podemos recordar que la iglesia pertenece a Cristo, no a nosotros? ¿Hay disposición en nuestros corazones para arrepentirnos de sostener esta relación rey / súbdito; patrón / peón; general / soldado, que por años hemos permitido y que seguimos perpetuando en muchas de nuestras iglesias?
Pensamientos finales
Un querido pastor del sur de Chile, mi amigo Iván Reyes decía en su muro de facebook hace unos años (alcancé a rescatarlo): Como pastores trabajamos con iguales, hermanos. iguales en dignidad, respeto y consideración; similares en luchas, dificultades, derrotas y victorias; similares en debilidades y necesidades. Trabajamos con personas compradas por la sangre de Jesús; con personas justificadas que están siendo santificadas y que, con toda certeza, serán glorificadas. Personas que, en el proceso, Dios nos ha encargado guiar, alimentar, proteger, acompañar, consolar, exhortar y alentar con su poderosa Palabra. En suma, no tenemos ningún derecho a señorear sobre ellos, ni se nos ha mandado cambiar su corazón, ese es el trabajo de Dios; no somos sus jefes, sino sus hermanos, no somos los que mandan, sino quienes servimos. Sólo somos hombres redimidos y llamados a servir a Dios atendiendo a nuestros hermanos”.
Si como líderes hemos caído en prácticas autoritarias, es justo y necesario arrepentirnos, para que nuestros ministerios pastorales reflejen el carácter de Cristo, no el del querubín caído que quiso usurpar una autoridad que no le correspondía.
Somos pastores, no patrones.
Somos pastores, no policías.
Somos pastores, no capataces.
Servimos, alimentamos, apacentamos.
La grey está «entre» nosotros, no «bajo» nosotros.
Dios nos ayude.