
Por Isaac Ibarra
Creo que esta es una de las frases más populares en el mundo pentecostal. “Hno; en la obediencia está la ganancia”, la cual muchos pastores y predicadores exponen en sus congregaciones. De hecho, si usted hace una prueba rápida en YouTube y pone literalmente esta frase, la mayoría de los videos, por no decir todos, son de predicadores pentecostales.
En honor a la verdad, en mis treinta y tantos años en el movimiento pentecostal, debo reconocer que la mayoría de las veces cuando se ocupa esta frase lo hacen en un sentido de un llamado a obedecer sin cuestionamiento al pastor, obispo o predicador de turno para que no cuestione lo que él ha dicho o expuesto. Y cuando el predicador nota que hay un poco de duda en el ambiente, dice: “Hnito, en la obediencia está la ganancia”. Con eso, “jaque mate”, fin de la discusión. Creo que por eso a nuestros hermanos “no pentecostales” no les gusta escuchar esta frase porque se aplica bajo ese punto, y así muchas frases más.
También sería deshonesto negar que esta expresión es ocupada (o mal ocupada) por muchos pastores y líderes la ocupan para ejercer cierta autoridad dentro del liderazgo; para hacer notar el grado “especial” que tienen. Ciertamente el pastor está llamado por Dios para cumplir su rol de liderazgo, corrección, formación y exhortación. Llamado que la mayoría de la hermandad no ha recibido. Sin embargo, eso no lo hace “especial” per se, sino más responsable. Pero en ningún caso esa responsabilidad asignada es sinónimo de autoritarismo. Como bien escribe mi querido pastor, amigo y hermano en la fe, Gonzalo Ramírez en su escrito “pastores autoritarios” cito: “Somos llamados a guiar a los creyentes para que crezcan en su relación con Dios ¡No para mantenerlos sujetos a nosotros ni a ninguna figura humana! La función del pastor es pastorear no sustituir el papel de Dios como Padre celestial.” (1)
Tampoco puedo desconocer que muchos pastores que ocupan esta “obediencia a ciegas” lo hacen como un filtro de madurez, incluso de llamado al liderazgo. He sido testigo que se nombraba a aquellos hermanos que nunca cuestionaron las decisiones que tomaba el pastor o que pusieran un “pero” a alguna ordenanza. Esos hermanos que decían “amén” a todo, eran los “ideales”, “maduros”, “llamados al liderazgo”. Ahora, nobleza obliga, algunos de estos hermanos lo hacían con un corazón sincero y noble, pues lo hacían “como para el Señor”. Y eso reflejaba en sus acciones la cuales eran así: sin afán, codicia o avaricia; desde la honestidad hacia la honra de Dios. Pero de otros no puedo decir lo mismo. Ellos descubrieron que ese era el camino más rápido para llegar “arriba”, al liderazgo y así tener un poco de “poder” y “prestigio”.
Dejemos de lado el mal uso (y abuso) de esta expresión. Acá la pregunta es: nosotros como cristianos si obedecemos, ¿Tendremos ganancia realmente? ¿Es aplicable a nosotros literalmente esta frase?
Ante todo, debemos partir diciendo que esta frase textualmente no aparece en la Biblia. Pero por ese motivo no se puede tildar a priori de una frase no bíblica y clasificarla como herética. Como lo dice el teólogo pentecostal Craig Kenner: “Por supuesto, la Biblia no tiene que abordar algo directamente para que los cristianos de hoy lo consideren; no menciona explícitamente el aborto, las armas nucleares y la ingeniería genética, por ejemplo” (2).
Ahora que estamos de acuerdo en que algo no aparezca textual y literal en la Biblia no cae de inmediato en la casilla de herejías. Cuando en la Biblia no parece puntual y literal un tema en específico, lo que sí tenemos de sobra son principios bíblicos que nos ayudan a tener mejor razonamiento sobre el tema en cuestión.
Casos de obediencia.
Quiero exponer tres de los muchos ejemplos que abundan en los relatos de la escritura, donde hombres tan comunes (salvo uno) como nosotros obedecieron a Dios y obtuvieron gran ganancia como resultado de su obediencia, en algunos casos, obediencia ciega a Dios.
1. Una viuda pagana; pero obediente.
En el libro de 1 Reyes, en el capítulo 17, desde el versículo 8 al 16, encontramos una de las historias más sorprendentes en cuanto a la provisión divina. Aunque este pasaje dentro del mundo canuto (en Chile a los evangélicos se les llamó por mucho tiempo «canutos” gracias al predicador Juan Canut de Bon; búsquelo, es de gran bendición) es conocido, déjame hacer un pequeño resumen.
Elias, profeta de Jehová, se presenta ante un rey apartado de Dios. Se presentó ante él por ordenanza de Dios a darle juicio por apartarse de los preceptos divinos. Y el juicio era que no iba a llover más, hasta cuando Dios así lo dispusiera. Entregado el mensaje, Dios le dice a su profeta que se refugie en el arroyo de Querit. La falta de lluvia se empezó a notar en la región, y el profeta no estuvo exento de esa sequía, pues veía cada día como ese arroyo iba perdiendo volumen y fluidez. El versículo 7 del capítulo 17 así lo expresa: “Pero tiempo después el arroyo se secó, pues había dejado de llover en el país”.
Uno creería que si Dios nos manda a anunciar algún juicio, eso nos dejaría exentos a nosotros de sufrir tales consecuencias. Y más aún si este mismo Dios nos da las coordenadas de un refugio, que en ese lugar no pasaremos penurias. Vemos que en Elías eso no ocurrió; él no estuvo exento de ver cómo la falta de lluvia, que fue por juicio de Dios; que él mismo declaró ante el rey Acab, estaba afectando al pequeño arroyo que era su sustento.
Cuando el arroyo se secó, el profeta recibe una nueva orden. Dios le dijo lo siguiente: “… Ve a Sarepta, pueblo de la región de Sidón, y quédate a vivir ahí. Yo le he ordenado a una viuda que te alimente”. Conociéndome a mí mismo, que vivo conmigo todos los días desde que nací, mi reacción primaria sería: «¿¿¿qué??? ¿Cómo dijiste? … Me puedes repetir por favor, es que justo se me fue la señal del wifi … ¿A Sarepta?? ¿A una viuda?…”
Si conoces un poco de historia bíblica, sabrás de inmediato que el peor lugar para encontrar socorro en momentos de escasez, es precisamente la casa de una viuda, y a eso súmale que vivía en una de las capitales del paganismo de la época.
El relato continúa y a ojos humanos se pone menos esperanzador. Elías se levanta y se dirige hasta Sarepta. Cansado por el viaje se sienta y ve a una mujer, la cual era la viuda, y Elías le dice: “Por favor, tráeme un poco de agua en un vaso”. Y la viuda fue y le trajo agua (primer gesto de obediencia). No conforme con esto, el profeta le vuelve a pedir algo: “Tráeme también un poco de pan”. Y mira lo que responde la viuda, honestamente: “Te juro por Dios que no tengo pan. Sólo tengo un poco de harina en una jarra y un poco de aceite en una botella. Ahora estoy juntando leña para ver qué preparo para mi hijo y para mí. Después de comer, probablemente moriremos de hambre, pues ya no tenemos más comida”. 1 Reyes 17:12
En una región pagana, al asilo de una viuda pobre y sin nada que ofrecer (su único consuelo era que iba a poder comer un bocado de pan antes de echarse a morir). Por lo menos el profeta Elías tenía el consuelo que Dios estaba con él y que lo cuidaba ¿pero la viuda? ¿Cuál era su consuelo si ella no creía ni servía a Jehová?
Pero mira lo que hace esta viuda: “La mujer fue e hizo lo que Elías le dijo”. ¿Qué obligación tenía la viuda de creerle a un profeta que ni siquiera era de su nación? ¿Qué obligación tenía de dar el único trozo de pan para su sustento y el de su hijo? ¿Cuál sería tu reacción si alguien te pide, de forma literal, que le niegues el único sustento seguro a tu hijo para dárselo a él? ¿Qué fue lo que la movió a hacer tal acto de “obediencia ciega” frente a la promesa de sustento de parte de un Dios, el cual, ella no conocía, no servía y ni adoraba? Realmente no lo sabemos. Podemos deducir que fue obra del Espíritu de Dios.
El gesto que tuvo esta mujer viuda de una obediencia absoluta hacia el profeta le trajo sustento, provisión, seguridad y estabilidad para su casa. Mira cómo sigue el relato: “Y tanto ella como su hijo y Elías tuvieron comida durante muchos días. Ni la harina de la jarra ni el aceite de la botella se acabaron. Así se cumplió lo que Dios había dicho por medio de Elías”. 1R 17:16
Con seguridad puedo pensar que esa mujer en más de alguna oportunidad, debido a lo experimentado, le contó a su hijo que tal día se topó con un profeta de Jehová, el cual le pidió ciertas cosas y ella obedeció, y que gracias a esa obediencia ellos pudieron sobrevivir por muchos días a la sequía más grande jamás registrada. Y replicarle: “Así que “mijo”, ya sabe; en la obediencia está la ganancia.”
2. El padre de la fe.
Si hay un personaje en la Biblia que sí es conocido —después de Jesús, claro está— es Abraham. Es uno de los personajes más queridos y recordados en el relato bíblico, y su vida fue tal que a él se le llama “el padre de la fe”, y también el autor de la carta a los hebreos hace una breve biografía de él en el capítulo 11, en el versículo 8: “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba”.
Ese versículo hace alusión al pasaje de Génesis 12, cuando es la primera vez que Dios habla con Abram. “Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”. Es lo que le dice Dios a Abram, y él simplemente obedece. Dios no le explicó el plan; y Abram tampoco se lo pidió. Dios no le dijo hasta dónde debía caminar; pero Abram tampoco le preguntó. Abram solo obedeció.
Siempre me llamó la atención que se le llame a Abraham el padre de la fe y no a Elías, o a Eliseo, o a Isaías, entre otros. Pues nosotros, en la actualidad, asociamos mucho la fe con obras sobrenaturales o milagros. Y la Biblia siempre asocia la fe con la obediencia. Eso da para reflexionar.
Conocemos la historia de Abraham: es el padre de un gran pueblo y nación tanto física como espiritual, pues, como dice el apóstol Pablo en Gálatas 3:7 “que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.” Abraham escuchó a Dios y creyó. La fe de Abraham le hizo dejar todo atrás y vivir el resto de su vida como un extranjero en una tierra extraña. La fe de Abraham hizo que confiara en que él y Sara tendrían un hijo, a pesar de que eso parecía imposible. La fe de Abraham le llevó incluso a sacrificar al hijo prometido, creyendo que Dios lo resucitaría de entre los muertos (Hebreos 11:9).
La obediencia que tuvo Abraham a Dios, al principio le quitó mucho. Pero al final de sus días le entregó mucho más. Él pudo comprobar en primera persona que, en efecto, en la obediencia hay ganancia.
3. El que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz…
No puedo pasar por alto a aquel que en una simple oración demostró su potente obediencia al Padre: “Jesús se alejó un poco de ellos, se arrodilló hasta tocar el suelo con la frente y oró a Dios: Padre, ¡cómo deseo que me libres de este sufrimiento! Pero no será lo que yo quiera, sino lo que quieras tú.” Mateo 26:39 TLA.
Es imposible quedar impávido frente a esta oración. Es tremendo lo que experimentó nuestro Señor por nosotros. Aquel que no tenía ninguna necesidad, “sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. Fil. 2:7-8.
A pesar del terrible sufrimiento que le ocasionaba llevar a cabo lo ordenado por el Padre, no usó el sufrimiento como chantaje, sino que lo tomó y lo sometió ante la voluntad del Padre. Y por eso, esa vida de obediencia fue aceptada por Dios e imputada a nosotros. Y no sólo su sacrificio es propiciatorio para nosotros, sino también su vida de obediencia.
Al entregar su vida, al beber la copa amarga, al sufrir el oprobio, al vivir todo lo que dijo el profeta Isaías sobre él, Isaías 53:2-10:
“Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino; más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, más con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada”.
Él sabía de antemano lo que iba a vivir y experimentar. Él sabía desde la eternidad pasada, que iba a ser torturado y afligido. Pero aun así él quiso obedecer y como un cordero, enmudecer. Porque él sabía cuál iba a ser el resultado final de dicha obediencia y sacrificio: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11). Al ver que su obediencia tendría como consecuencia que tú y yo tuviéramos redención, él estuvo satisfecho y se gozó. Y me imagino a Jesús ante el Padre, en su comunión eterna, poder decirle al Padre: “Padre; en la obediencia hubo gran ganancia”.
Como podemos ver, en la biblia no encontramos literalmente la frase “en la obediencia está la ganancia”, pero sí encontramos ejemplos de vida que, como resultados de obediencia, trajeron gran ganancia.
Pero ojo, esto no es aplicable a frases o pensamientos que tengamos, sino que es obediencia a la palabra de Dios; si lo que dice tu pastor está ceñido a la palabra de Dios y los principios bíblicos, estás en todo deber y obligación y derecho a obedecer. Pero si lo que dice tu pastor no se ciñe a la palabra de Dios y a los principios bíblicos, estás en todo tu derecho y facultad de no hacerle caso, pues es mejor obedecer a Dios antes que a los hombres.
Conozcamos su palabra y obedezcamos pues en ella hay gran ganancia.