El púlpito cristiano: autocrítica y reflexión

Por Pr. Gonzalo Ramirez Lepeley

El púlpito cristiano es más que un simple lugar físico en una iglesia; es un espacio santo desde el cual se proclama el mensaje eterno de salvación. En tiempos donde la predicación muchas veces se diluye en anécdotas, humor y narrativas superficiales, debemos regresar al modelo bíblico de lo que significa ocupar este espacio con reverencia, valentía y un profundo compromiso con la Palabra de Dios. Charles Spurgeon, el “Príncipe de los Predicadores”, llamó al púlpito “el castillo de los cobardes” cuando es usado para enviar recados personales o esquivar el verdadero llamado de proclamar el Evangelio. ¿Cómo debe ser, entonces, el púlpito cristiano? ¿Podemos reconocer algunos vicios dentro de nuestros púlpitos? (Usar el púlpito para enviar recados a la congregación, testimonios personales por encima de la Escritura, confundir la espiritualidad o la unción con decibeles, predicar moralismo en vez del evangelio, el predicador cuenta chistes entre otros)

El Púlpito No Es Para Enviar Recados

Uno de los peligros más comunes en la predicación es convertir el púlpito en un medio para abordar conflictos personales o enviar mensajes indirectos a la congregación. Esto desvirtúa su propósito principal y genera un ambiente de desconfianza entre los oyentes. Spurgeon advertía que un púlpito así se convierte en el refugio de los cobardes, quienes usan su posición de autoridad para evitar la confrontación directa. La Escritura nos llama a “predicar la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2). El púlpito no es para indirectas, sino para la proclamación clara y fiel de la verdad bíblica.

El Púlpito No Es Para Testimonios Vacíos

Los testimonios personales tienen su lugar, pero no deben reemplazar la exposición de las Escrituras. El poder de la predicación no radica en nuestras experiencias, sino en la Palabra de Dios. La predicación debe ser teocéntrica, no antropocéntrica. Al centrar el mensaje en nuestras historias, privamos a los oyentes del alimento espiritual que solo la Escritura puede proporcionar. Un testimonio puede inspirar y puede ser muy válido, pero es la palabra de Dios la que convierte los corazones a través de la obra del Espíritu.

El Púlpito No Es Para Entretenimiento

Aunque el Evangelio está lejos de ser aburrido, el púlpito no debe reducirse a un escenario de entretenimiento. Contar chistes, narrar historias triviales o centrarse en agradar a la audiencia trivializa el mensaje de salvación. Un viejo predicador advertía: “no estamos llamados a entretener a las cabras, sino a alimentar a las ovejas”. El objetivo de la predicación no es ganar risas, sino conducir a los oyentes a un encuentro transformador con Cristo. George Whitefield y Wesley, padres del movimiento metodista, fueron conocidos por su pasión y fervor. Predicaban con tal intensidad que sus oyentes eran movidos al arrepentimiento, no por palabras suaves, sino por la convicción del Espíritu Santo. 

Predicar con Pasión y Lógica en Llamas

La predicación verdadera requiere pasión, pero también coherencia y profundidad. Lloyd-Jones describía la predicación como “lógica en llamas”: un mensaje que apela tanto a la mente como al corazón, iluminado por el fuego del Espíritu Santo. Predicar con pasión no significa gritar o dramatizar, sino comunicar la urgencia del Evangelio con claridad y fervor. Vuelvo a mencionar a Whitefield y Wesley, quienes llevaron el mensaje de salvación a multitudes, fueron ejemplos de esta combinación de razón y pasión, recordándonos que el Evangelio es un asunto de vida o muerte. Tampoco es moralismo, que es otro vicio que ha encontrado su lugar en muchos púlpitos, y que no es otra cosa que reducir el mensaje del evangelio a una lista de reglas y comportamientos que los creyentes deben seguir para ser aceptables ante Dios. Este vicio es sutil y peligroso porque sustituye la gracia de Cristo por un sistema de obras humanas. 

La Dependencia del Espíritu Santo

La efectividad de la predicación no depende de la elocuencia humana, sino del poder del Espíritu Santo. Ravenhill enfatizaba que “no necesitamos predicadores llenos de talento, sino predicadores llenos del Espíritu Santo”. Sin la unción divina, nuestras palabras son vacías y carecen de poder transformador. El predicador debe pasar tiempo en oración, buscando la guía y el poder del Espíritu para que su mensaje trascienda las limitaciones humanas y alcance los corazones de los oyentes.

Un Asunto de Vida o Muerte

El púlpito cristiano es un lugar sagrado y de alta responsabilidad. No debe ser usado para enviar recados, entretener ni para testimonios vacíos. Es un lugar para proclamar el Evangelio con pasión, coherencia y el poder del Espíritu Santo. Como lo enseñaron hombres de Dios como Wesley, Spurgeon, Lloyd-Jones, Whitefield y Ravenhill entre otros. La predicación es un asunto de vida o muerte. Cada sermón debe ser preparado y entregado con la conciencia de que podría ser el último que alguien escuche antes de enfrentarse a la eternidad. Prediquemos, entonces, con temor de Dios y con corazones ardientes, sabiendo que hemos sido llamados a proclamar el mensaje más importante de todos los tiempos.