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La Identidad Cristiana, según 1ra de Juan

Por Giovanni Zamorano

30 de mayo de 2025

Hoy a más de dos mil años del nacimiento del cristianismo la pluralidad de pensamientos y doctrinas se hacen ver a simple vista. Si bien podemos decir que el cristianismo se desarrolló en una pluralidad de perspectivas y así continuó a través del tiempo, hay un hilo conductor que mantiene unido a ese conglomerado santo. 

El punto clave que debemos tratar de descubrir es, que es lo que nos mantiene en el tiempo conectados, a pesar de todas las diferencias nacidas en esta carrera. Creo que ese punto neurálgico es la identidad.

Este concepto de identidad no estuvo al margen de las discusiones sobre la realidad de su contenido, una y la más conocida fue entre Locke y Hobbes [1]. Este concepto atraviesa desde nuestra venida a la existencia y nuestra caída en la muerte, y dentro de estos dos vértices es cuando nos preguntamos por quienes somos, ahí pues solo podemos responder usando nuestra memoria como indicaba Locke, contando nuestra historia en donde nos sentimos conectados desde el extremo inferior (caída en la existencia) hasta el hoy. Pareciera que la identidad nos dice que en realidad somos narración, o en lenguaje de Derrida “somos texto” un texto que contiene nuestra historia que contamos a nosotros mismos y que nos cuentan de nosotros mismos, como una carta abierta escrita, que se escribe en el corazón y que da testimonio de quienes somos[2]. Esta narración se funda sobre 4 anclajes fundamentales, el cuerpo, el nombre, la autoconciencia, la imaginación-memoria y finalmente las demandas de interacción con los otros.

Con esto podemos ya tratar de definir la identidad. Esta sería entonces “una creación narrativa virtual por el “action of imagination” (acto de la imaginación o la razón) del completo permanecer-idéntico-consigo-mismo de un ente en su conciencia-memoria en todas las modificaciones de su existencia temporal (accidentes), con fundamento en su esencia-texto resistente al tiempo, de manera que siempre y en todas partes se manifiesta a sí mismo como él mismo en distinción al otro (interacciones), y por esta razón puede ser como tal identificable (nombre)”[3].

Ahora, al cambiar “ente” por “cristianismo”, la identidad cristiana consistiría en ese “completo permanecer-idéntico-si-mismo a través de los cambios en su existencia temporal e histórica en el tiempo, de manera que siempre y en todas partes se manifiesta a sí mismo como él mismo, en distinción a otro, y por esta razón puede ser como tal identificable a pesar del continuo cambio”.

Lo que le permite entonces al cristianismo seguir siéndolo, es su virtual texto-esencia, o su “propium” mantenida en el tiempo. Luego ese tiempo de “mantener”, necesariamente tiene relación en este caso con un comienzo u origen. Podríamos decir entonces que es la perseverante fidelidad a la narrativa normatividad de los orígenes durante el tiempo.

Esta normatividad de los orígenes ya se pensaba en la literatura del nuevo testamento, como por ejemplo en Lc 1,2 o 1 Jn 1,1 y sobre todo 1 Jn 2,24ª (Lo que desde el principio habéis oído, procurad que permanezca en vosotros). La conexión entre “Principio: “ἀρχῆς” y “permanecer: μενέτω” estriba en que permanecer está estrechamente ligado con el comienzo, pues no hay uno sin lo otro.

En 2 Jn 1,9 al creyente extraviado se le denomina extrañamente “el progresista” de προάγων: caminar delante o como uno que “va más allá”, que se completa con la frase de participio “el que no permanece”, lo que da a entender, que su avance le ha extraviado, pues no permanece (en la doctrina de Cristo), en consecuencia, ha perdido su identidad ya que no logra conectar “A calce ad cárcerem”, de (su) fin a su principio.

Por otro lado, el genitivo “τοῦ Χριστοῦ: tou Xristou” debe ser interpretado como un genitivo objetivo, lo que indica que al autor le interesa la “doctrina de Cristo”. Lo que obtenemos, es que “comienzo” es identificable con “la doctrina inicial sobre Cristo”. Entonces, la identidad cristiana sería el mantener el comienzo o “contenido de doctrina inicial de Cristo” o la cristología transmitida que tiene su origen en los testigos presenciales apostólicos (1 Jn 1,1-3). La consecuencia es clara, “no hay identidad cristiana” cuando tiene lugar la pérdida del comienzo”.

Para el escritor de las cartas el comienzo parte de una cristología más bien desarrollada, para él, el centro del comienzo tiene los siguientes elementos: Jesus es el Cristo hecho carne (1 Jn 4,2; 2 Jn 2,7), que vive en comunión con el Padre ( 1 Jn 2, 23), es necesario confesar que ha venido en carne, sino tal espíritu no es de Dios ( 1 Jn 4, 2b).

Esa venida en carne, parece ser un punto transversal en el pensamiento del escritor, pues al delimitar su doctrina, hace hincapié en la necesidad de que tal cristología original, esté conectada al Jesús de la historia, o al “venido en carne”, ya que, sin tal conexión, hay una pérdida de la identidad misma. Esto nos lleva a considerar que lo cristológico, considerado tan sólo en sí mismo, no es específicamente cristiano si no está conectada al “venido en carne”. Este “venido en carne” es el punto central que permite mantener la identidad cristiana a pesar de todas y cada una de las construcciones ideológicas, sociales, políticas etc, y las construcciones figurativas del mismo personaje central, Jesús.

Tal como los reformadores intentaron volver al comienzo a través de la luz de las escrituras, nosotros de igual forma debemos acudir al comienzo y desde ese comienzo sacar a luz la identidad cristiana frente a todo desplazamiento o progresismo incrustado en el tiempo.

Cuando logremos conectar con el origen (Cristo, el venido en carne), entonces podremos decir con plenitud “somos cristianos”, mientras tal cosa no suceda, nos pasará como decía Kierkegaard en la crítica a la iglesia de su tiempo: “La cristiandad actual no es más que una caricatura del cristianismo auténtico o un inmenso conglomerado de errores e ilusiones con la amalgama de una débil dosis de identidad cristiana verdadera” [4].


Referencias

[1] HUME, D. A Treatise of Human Nature, London, Fontana Librery, 1962, Book 2, Part II, Sec.2, nº 277. Cfr. HUME, D. Investigación sobre el entendimiento. Bs. As, Losada, 1945. BIRO, J. Hume´s new science of the mind en NORTON, D. The Cambridge Companion to Hume. Cambridge, Cambridge University Press, 1999, p. 49.

[2] Pablo en 2 Cor 3,2 le dice a la comunidad “Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres”.

[3] Para quien desee seguir profundizando en el concepto de identidad se recomienda los siguientes libros: NOONAN. H. (1991) Personal Identity Routledge. London; PERRY. J. (1975) «Personal Identity. Memory and the Problem of Circularity» en Perry (Edt) (1975).

[4] Über meine Wirksamkeit als Schriftsteller, en: Die Schriften über sich selbst (GS, t. XXXIII), p. 76.

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